
-Y decíme, nena, ¿es apto para microondas ese?
-¿Cuál? ¿El rojo cuadradito? –preguntó la vendedora.
-¿Para qué querés saber, Susana? –María Inés interrumpió con su voz aflautada. Era la que había organizado la reunión en su casa.- Si no tenés microondas, vos.
-Bueno, pero algún día me voy a comprar uno.
-Ojo con eso del microondas, eh –objetó Nora-. Mi prima Adrianita, que Dios la tenga en la gloria –se persignó-, tenía puesto un marcapasos. Un día se fue a calentar dos porcioncitas de pizza que le habían sobrado del almuerzo y ¡púmbate! Ahí quedó la pobrecita. La encontraron muerta en el piso, y la chicharra del aparato meta ‘¡Pi, pi, pi!’ cada quince segundos.
-Además la pizza la deja blandita –Viviana no podía perderse la oportunidad de acotar-. Aaayyyyy, la piiizzaaaa. Ya no es lo que era antes –señaló con dedo acusador a la vendedora, poniéndose algo violenta-. Ustedes los jóvenes le ponen de todo arriba, nena. Que palmitos, que pollo, que provenzal. ¡Masa, salsa y queso! ¡A veces ni queso tenía, nena!
-Yo no como pizza –alegó la vendedora, subiendo los hombros.
-Y, claro –coincidió Viviana-. Con la porquería que te venden ahora… Aaayyyyy, la pizza de nuestra época.
-Calláte un poco, Viviana, ¿querés? –la cortó Susana, cansada de escucharla-. Si el otro día en la reunión con las chicas te comiste tres porciones de la de roquefort y panceta.
-¡Mentiraaaaa! –Viviana se puso de pie, y usó el mismo método del dedo acusador.
-Es verdad, Vivi. Por favor… -intercedió Nora-. Igual, ojo con eso de la pizza, eh. Mi tía Mercedes, que Dios la tenga en la gloria –se persignó-, era una maquinita de comer pizza. Y con fainá. De golpe, ¡púmbate!, un infarto. El colesterol por las nubes.
-Estos son geniales para el freezer –la vendedora notaba que la reunión se iba por las ramas, y comenzaba a desconcentrarse y a ponerse algo nerviosa. Debía mantenerse fría por dentro, mantenerse firme en su objetivo. Se esforzó, y logró sostener su mejor sonrisa.
-Yo no tengo freezer, tengo congelador –María Inés tomó un sorbito del té que tenía delante-. ¿Para qué voy a tener si me cocino para mí sola? Ni ceno. Igual están lindos nena, eh.
-Yo no lo uso casi el freezer –dijo Susana-. Y menos para hacer cubitos –señaló una cubetera de plástico que descansaba sobre la mesita, entre el resto de los productos de catálogo que ofrecía la vendedora-. Me hacen mal a la garganta, ¿viste?, las cosas tan frías. Después ando disfónica y tengo que levantar el tono, y me pongo cada vez peor. Es un ciclo. Una cosa de nunca acabar.
-Además, en nuestra época, las cosas se tomaban así no más, como estaban –se quejó Viviana, de nuevo-. Ibas al campo, ordeñaban la vaca, chiqui, chiqui, chiqui –hizo la mímica del ordeñe con sus manos-, y te tomabas la leche. Así no más, ni hielo, ni heladera, ni la pasteración esa, ni nada. Ahora hay que escucharlo al Pancho Ibáñez por la televisión que te habla que parece que contara él mismo bacteria por bacteria…
-Yo no miro propagandas –dijo Susana, y siguió contemplando el recipiente para microondas.
-Pero el yogurcito ese para ir de vientre –interrumpió Nora-. ¡Qué maravilla que es! Igual, ojo con…
-¡Y que buen mozo ese Pancho Ibáñez! Un caballero, parece –María Inés habló y se sonrojó un poco.
-Debe ser drogadicto –sentenció Viviana.
-¡Estás loca! –Susana defendió al conductor-. Con esa seriedad, con esa presencia. ¡Con ese bigote!
-¡Dro-ga-dic-to!- insistió María Inés, levantando el tono nuevamente, y golpeando cuatro veces la mesa con la palma de la mano, marcando cada sílaba.- Son todos así en ese ambiente. Todos. El Pancho Ibáñez, el Nicolás Repetto, Pergollini, la Mónica y César… Hasta el Santo Biasatti, te pongo la firma. ¡Te pongo la firma!
-¡Estás loca! –repitió Susana.
-Igual, ojo con esos yogurcitos, eh –Nora volvió a cuando fue interrumpida. Por nada del mundo dejaría pasar la oportunidad de contar su experiencia-. Mi Raúl, que Dios lo tenga en la gloria –se persignó-, era de duuuuro para ir de vientre. Ha estado días sin ir de cuerpo. Una vez, en unas vacaciones que nos tomamos en la casa de Mar de Cobo de mi prima Irma, le tuve que…
-Que Dios la tenga en la gloria –le agregó María Inés, por las dudas, creyendo que se lo había olvidado.
-No, no. Irma sigue viva, eh –aclaró, y las cuatro amigas se tocaron la teta izquierda. La propia, no la de la compañera-. Les decía, le tuve que preparar unos pancitos de salvado y pasas de uva que eeeeraaaann –sacudió la mano derecha haciendo un tirabuzón hacia el techo- de maravilla. Había estado ocho días y siete horas sin ir al baño. Cuando fue, ¡uhhhhh! –se le aflautó la voz-. Ni te cuento. Hizo catorce veces en doce horas. Terminamos en la salita de emergencias. Le enchufaron suero y todo, eh.
-Aaayyyyy… en nuestra época la gente no necesitaba ayuda para, para… -Viviana se quedó sin sinónimos, así que usó el único que le vino a la cabeza-… para cagar. Antes una iba todos los días, se sentaba, y listo. Era algo natural. Debe ser por las cosas que le ponen a las comidas de ahora, ¿viste, nena? –miraba a la vendedora, como si ella fuese la culpable. Tenía que concentrarse, se trataba de su trabajo, no era fácil, pero debía volver a fijar la mirada en su objetivo-. El otro día salió en el noticiero una noticia que decía que en Salta les habían manoseado los átomos del ADN a los pollos, y que ahora salían unos gigantes.
-De diez kilos quinientos, salen –acotó María Inés.
-De diez kilos quinientos- asintió Viviana-. ¿A vos te parece, nena? Es anti natural eso. Por eso debe haber tantos trolos en estos días, todo contranatura. ¿Y los huevos? ¿También son gigantes?
-Pobres gallinas –acotó Susana, y todas se rieron tapándose la boca con la mano y ruborizándose por el comentario.
-El otro día, en la verdulería, compré unas paaaaltass –María Inés revoleó las manos al contarlo-. ¡Enormes!
Volvieron las risitas. La vendedora las miraba sin entender. Trataba de seguir sonriendo, pero cada vez costaba más no perder los estribos.
-¿Y berenjena no había? –preguntó Susana entre las carcajadas.
-Aaayyy, Susi –María Inés se secaba las lágrimas-. ¡Me vas a hacer pillar!
-¿Sabés lo que pasa, nena? –Viviana tuvo la amabilidad de hacer parte de la historia a la vendedora-. El Cholo, que es el hombre de la verdulería de acá de Paso y Veinte de Setiembre, se va todos los sábados al Club de Jubilados, y anda dele que te dele arrastrándole el ala a María Inés.
-Y esta –Susana la señaló-, así como la ves, que ayuda a acomodar las hostias antes de misa, que pasa la bolsita para la limosna… Así como la ves le sigue el juego al Cholo, eh.
-Calláte, Susi –María Inés se puso seria-. ¿Qué va a pensar esta chica? Por favor, te lo pido.
-Bueno –la vendedora aprovechó la oportunidad-. Estos tres celestitos que tengo acá a Cholo le van a encantar María Inés. Mire, son especiales para verduras y frutas.
-Hay que comer mucha verdura –aconsejó Nora-. Mi abuela Catalina, que Dios la tenga en la gloria –se persignó-, comía sólo verduritas. Que radicheta por acá, que zapallito por allá… Todo verduritas. Era vegetariana.
-Era herbívora, Norita. Era un dinosaurio –opinó Susana, que la había conocido.
-No seas mala, Susi –se ofendió Nora-. La cuestión es que el médico, unos días antes de que falleciera, a los noventa y ocho años y monedas, le dijo que tenía el organismo de una mujer de treinta. Y todo por la verdura.
-¿Y de qué murió? –se mostró interesada la vendedora.
-Le calculó mal a la puerta del subte.
-Ah… -la muchacha no supo que decir-. Pobre.
Se hizo un silencio total. La vendedora se puso de pie y preguntó por la ubicación del baño. Le indicaron dónde quedaba, y le pidieron que mantuviera la puerta del pasillo arrimada ‘porque si no se hace correntada’. Ninguna habló hasta que las cuatro estuvieron solas.
-Dale, Vivi, te toca a vos esta vez –Susana dirigía la batuta.
(El final en el próximo capítulo de... CHASCOMOUSSE)
