domingo, 20 de febrero de 2011

El turista

Cuando por cualquier motivo uno mencione que vive frente al mar, recibirá como réplica automática de su interlocutor la siguiente frase, acompañada de su respectivo suspiro inicial: "ay, qué lindo ver el mar todos los días!". Quien pronuncia esta frase, no lo hace porque posea una capacidad contemplativa y una sensibilidad superior a la media, sino por mera vagancia intelectual, lo cual demuestra que para una inmensa mayoría, es más fácil comer sin sal que evitar el lugar común (bueno sería que alguien lo señalizara, de modo que los idiotas no tuvieran que sobrecargar sus neuronas buscándolo).
Lo irónico es que la peor época para vivir frente al mar son justamente los meses en los cuales uno más debería disfrutarlo: el verano, la temporada que la gente espera con ansias durante todo el año, y que pasa tan rápido como un día feriado, sin que uno llegue a saborearla. Esa época en que las calles se llenan de promotoras, el olor a hawaian tropic invade nuestras fosas nasales y el mal gusto se apodera de las calles. Nunca entendí por qué uno TIENE que estar contento y feliz, sólo porque es verano y "hay que pasarla bien". Tal vez sea un exceso de Robert Smith durante la adolescencia, o simplemente amargura congénita, pero cada vez que alguien pronuncia la frase "qué bueno que llegó el verano" no puedo evitar las arcadas y un dolor de estómago similar al provocado por engullir catorce berlinesas en mal estado.
Lo peor es que, no conformes con pronunciar estas frases, la gente las acompaña con (ay) "música latina", o derivados aún más nocivos, cortesía de los nuevos celulares que nos permiten reproducir música, sacar fotos, cortarnos las uñas y estar siempre conectados, satisfaciendo la necesidad de los usuarios de publicar en facebutt frases trascendentales como "Hoy: siesta!" ( no faltará el boludo que agrave esto haciendo click en "me gusta"). Así, cuando parecía que habíamos alcanzado los límites de la pelotudez humana con Celia Cruz cantando "La vida es una fiesta", Ricardo Montaner (o lo que se esconde debajo de cantidades industriales de botox) amplía los horizontes de la idiotez y compone "Soy feliz", generando ejércitos de subnormales entonándola a coro como un mantra, haciendo que uno prefiera en esos momentos estar encerrado en un monoambiente interno en Villa Carazza.
No todo es negativo, ya que vivir en la costa nos da la posibilidad de disfrutar de figuras internacionales de la talla de Pimpinela, Palega Ortito, Chaqueño Palavecino, Enrique Iglesias, el mencionado Montaner, y hasta darnos el lujo de volver a los noventa con Puma Rodríguez y Mateyko, y sentir que nos damos un chapuzón en el deme dos menemista. Todo esto, sin salir de su balcón, y sólo teniendo que soportar desde las once de la mañana la prueba de sonido con su interminable andanada de "un, dos, subime los graves" sólo para que sintamos que Lucía Galán está dejándonos sordos en el living de nuestra casa con unos decibeles que el mismísimo Brian Johnson envidiaría. Claro, la gente bian de Nuñez se queja de las rajaduras provocadas por la sucesión de recitales en River, pero uno debe soportar a Scioli en plena campaña proselitista, a Andres Cosmai chorreando grasa por el micrófono al grito de "a ver esas palmas!" y tener al Chaqueño Palavecino pegado al hipotálamo porque, lógico, es verano y "hay que pasarla bien".
Pero el terror de todo residente costero se materializa cuando con los primeros calores, esa especie de mito similar al abominable Hombre Das Neves (perdón, de las Nieves) hace su entrada triunfal por la autovía dos: el turista. Rara especie peregrina, trae consigo doce meses de frustraciones, stress y agotamiento, que sólo cambiará por más desilusiones, espectáculos a la gorra, caminatas interminables por la peatonal, y excursiones a los rincones más inhóspitos de la Bristol. Es curioso cómo año tras año el turista se perfecciona en su fino (digamos delgado, que de fino no tiene nada) arte de ejercer esa suerte de piquete ambulante cada vez que camina con su prole por las veredas de la ciudad, obligando a quien no se encuentra de vacaciones a realizar todo tipo de proezas para sortear esos obstáculos insalvables en que resultan sus panzas dignas del Sistema Solar. Al menos tienen la misma coherencia con sus vehículos, manejando agresivamente, encerrando a otros conductores igualmente sacados, descargándose con bocinazos a repetición, demostrando un absoluto desinteres por la vida de los demás, ratificando que los argentinos somos solidarios sólo cuando hay una cámara de televisión de por medio.
Ofrendan su ausencia de pruritos sacándose la remera en cuanto lugar sea posible, a los fines que contemplemos sus adiposidades cuidadosamente desarrolladas a base de pizza y gaseosa cola. No abandonan su esterilla ni para meterse en la ducha, y van en ojotas hasta el cine. Así como los vampiros mueren al clavársele una estaca en el corazón (nuevos estudios sostienen que exponerlos a los rayos catódicos de la programación estival produciría los mismos efectos), sospecho que el turista vería imposibilitada su existencia en caso de clausurarse sus dos templos predilectos: la Fiambrería y la Rotisería. Ambos antros subsisten gracias al apetito desinteresado del turista, quien durante su estadía en la ciudad entroniza al fiambrín y las rabas (claro, estamos frente a la costa) como la base fundamental de su pirámide alimenticia, ignorando que la última vez que cambiaron el aceite de la freidora en esos recintos de dudosa reputación, eran tiempos en que Alfonsín (padre) nos deseaba Felices Pascuas.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Pancho Ibáñez revelador: 'Me obligaban a dejarme el bigote'


El exitoso conductor de televisión estuvo metido en la pelopincho de Chascomousse y contó apabullantes verdades sobre su último y más reconocido trabajo. Asevera que sus abogados están tomando cartas en el asunto.
"Mi problema fue firmar ese contrato sin leer la letra chica, ¿me entendés?", nos cuenta Pancho, recordando su primera visita a La Serenísima. "Me pusieron los papeles ahí, me apuraron, yo estaba sin laburo".
Al parecer el afamado bigotudo de la voz pulenta habría sido extorsionado y amenazado en reiteradas ocasiones. "Vos no sabés lo que es la mafia tambera, no son ningunos giles los muchachos de la leche", se defiende, en respuesta a las acusaciones de Jorge Rial del lunes pasado, cuando lo acusó de comerse los mocos, en Intrusos. "Yo intenté apretarlos, pero me fue muy difícil"
Ahora que el contrato está terminado, y que la amenaza de los ejecutivos de La Serenísima es de público conocimiento, Pancho Ibáñez se desahoga y cuenta todos los secretos de sus productos.
"¿El Activia?", se ríe por la pregunta, "¿Sabés cómo se fabrica el Activia? Anotá. Agarrás un yogur cualquiera, el más barato. Le ponés dos o tres gotitas de esencia de ciruela, que la venden a dos mangos en cualquier despensa. Lo tirás en un taper a que le dé el sol, directo. Si es verano lo dejás una hora, no más. Si es invierno, qué sé yo, dos horas y media. Listo el pollo, lo enfrías, te lo tomás, y al otro día estás cagando que da calambre". No le tiembla el pulso al declarar, "Eso del Acti Regularis es chamuyo, puro. Y el Elecasei Defensis, o como se llame, minga... Es danonino con dos aspirinetas picaditas. Tengo pruebas".



Cuestión de Actitud



Su imagen siempre fue la del tipo serio, la del caballero argentino. Gran parte de su carrera se debió a esa faceta suya.
"Mirá, yo cuando laburo actúo, ¿entendés, loco?", devela. "Yo hacía humor flashero, tipo Capusotto o el gordo Casero, pero no vendía, así que me dejé crecer el mostacho y salí a ganarme la vida con propagandas y programas serios. El otro día me crucé a Dieguito (Capusotto) y me decía, 'Pancho, Tiempo de Siembra re daba para hacer chistes del faso'. Tenía razón, pero no podía, por contrato", se lamenta el conductor. "Así como me ves, los sábados me junto a tocar la viola con unos amigos; tenemos una banda tributo a Zeppelin. Una avalancha lo que sonamos", canta un pedacito de Black Dog para convencer.
"El tema judicial es por prohibirme el corte de bigote", explica el porqué de su visita a tribunales. "¿Sabés lo que es, haberme fumado durante más de diez años que me gritaran por la calle? ¡Cortáte el bigote, pelotudo! ¡Se te subrayó la napia!", se quiebra al contarlo. Toma agua de la pelopincho, antes de seguir. "Terrible. Sandra, mi psiquiatra, me está ayudando a superarlo".

martes, 8 de febrero de 2011

Ganarse el cielo



Todos podemos cambiar el mundo. No es mentira, no es una frase armada. Sólo hace falta tener la voluntad necesaria para lograrlo, para modificar lo que esté mal, lo que contamine y rompa la armonía.
Pero, claro, es posible analizar la cuestión cuantitativa del asunto de las buenas acciones. No todas son el mismo billete, a la hora de entrar al cielo. Existen de todos los tamaños. Las más comunes son las pequeñas y medianas buenas acciones. Vendrían a ser algo así como las PyME del parque industrial de los soñadores, de los cambiadores de mundo. Una pequeña buena acción, también conocida como pedorra, podría ser, por ejemplo, ayudar a un ciego a cruzar la calle, o dejarle el asiento a la señora cargada de bolsas y años, que sube al colectivo.


No nos engañemos. Con pequeñas y medianas buenas acciones, al mundo, no le hacemos ni cosquillas. Para cambiarlo de verdad, para renovarlo, hay que tomar medidas drásticas. Y en la dificultad de su puesta en marcha entra en juego la voluntad. He aquí algunas propuestas de grandes buenas acciones. Las dejo en sus manos, si realmente desean ganarse el cielo.


1- Obligar a Mirtha Legrand a firmar una suerte de declaración jurada, cuando se le ocurra decir que no continuará realizando sus famosos almuerzos. Si de todas maneras llegara a insistir en volver, podrían usarse para frenarla, en lugar de la tinta y el papel, la motosierra, la bolsa de residuos, la pala y algún rincón recóndito de la república donde a nadie se le pudiese ocurrir realizar un rastrillaje.



2- Colocar dos muchachos fornidos a cada costado de Luis Majul y pagarles un salario digno para que lo caguen a palos cada vez que realiza una pregunta pelotuda.



3- Regalarle a Ricardo Montaner un pasaje en el vuelo 815, de Oceanic. Si sigue con ganas de cantar 'Soy feliz, vamos que la vida es una fiesta...' que lo haga huyendo del humo negro. A ver si se la banca.



4- Organizar una cadena de oración a nivel nacional para que Carmen Barbieri se tape un poco las tetas y deje de usar esa desagradable ropa ajustada.



5- Inventar un alfajor triple que se haga séxtuple una vez que se introduce entero en la boca. '¡Buenas noches, Américaahghggggg'. Pum. Por fin podremos volver a pensar en los Beatles al escuchar Twist and Shout, y no en Listorti y la espasmódica risa de la enana Feudale.



6- Preparar una buena presentación en Power Point, de no más de diez diapositivas, para explicarle con dibujitos a Baby Etchecopar que es una de las personas más pelotudas que la naturaleza creó. Que es el contraejemplo clave para dudar de la sentencia bíblica que asevera que el hombre está hecho a imagen y semejanza de dios. Después de explicárselo, lo entienda o no, subirlo al mismo vuelo que a Montaner.



7- Enviar diez pesos mensuales a los creadores de este blog. De verdad, lo necesitan.

'Chau, chau.'

domingo, 6 de febrero de 2011

Fauna marplatense - El taxista

Tomar un taxi en alfajorland puede ser una experiencia casi surrealista, y en ocasiones, más entretenida que viajar en el "Olitas" (aunque, a decir verdad, no hace falta mucho para eso). Lo que torna especialmente impredecible el viaje, no es el hecho de que apenas uno deposite sus posaderas sobre el asiento del vehículo automáticament sienta un dolor agudo en dicha zona al contemplar la "bajada de bandera" (ver Pechito López), ni la epopeya de conseguir un taxi libre en un día de lluvia en plena temporada, ni mucho menos que por una vez en la vida nos toque uno de esos taxis relucientes y no el mismo Renault 12 de cada año; no señor, lo que vuelve a nuestro viaje una experiencia única es, sencillamente, el taxista, inmortalizado en canción por poetas populares de la talla de Ricardo Arjona. Contemplen algunos de los especímenes descriptos a continuación, y analicen si no han tenido el dudoso placer de viajar
                                                         con alguno de ellos:

-El militante: nunca pisó un partido político, no tiene idea de lo que es un mítin, jamás leyó el manifiesto comunista, pero opina de cualquier tema de la agenda política con la más absoluta y fingida erudición. Votó a M#&$% en el ´89, y lo que es peor aún, reincidió en el ´95. De hecho, muy secretamente y aunque no lo confiese, quiere que vuelva "porque estábamos mejor", lo cual, traducido al castellano, implica que se pudo ir a Miami y hacer una envidiable diferencia monetaria, aunque, a juzgar por el estado calamitoso de su vehículo, jamás lo notaríamos. Su pregunta retórica de cabecera es: "¿sabés cómo se soluciona esto?".

-Barrilete Niembra: apenas terminemos de pronunciar nuestra dirección de destino, comenzará con su monólogo profuso en lugares comunes, matizado únicamente por algún que otro monosílabo que podamos emitir, del estilo "aha", "mse" o sus variantes menores. Si por quivocación, en alguno de sus pequeños recesos para inhalar, osamos emitir una opinión contraria a su soliloquio o nuestra pertenencia al grupo social al cual se encuentra criticando, automáticamente se borocotizará, y rindiendo honores a su nombre, reformulará cualquier tipo de pensamiento ofensivo hacia nuestra persona, reemplazándolo por frases igualmente obsecuentes, lo cual nos hará extrañar sus idioteces primigenias.

-El desagradable: general, aunque no necesariamente conductor de Renault 12 o de 504, es fácilmente reconocible por el hedor que desprende el habitáculo, con su característico aire viciado (es preferible saltar desde un noveno piso antes que tomar uno de estos taxis un día de invierno con lluvia), mezcla de Imparciales, desodorante con exceso de musk y flatulencias varias. Limpia su auto únicamente cuando Racing sale campeón.
Tiene una particular adicción al Blem, aplicándolo en cuanta superficie sea posible, lo que da esa especial sensación de pegoteo en sus tapizados de cuerina. Corona su concierto de ruidos guturales en los semáforos, donde practica su deporte favorito: la extracción de mocos. A esto le sigue su segunda actividad favorita: la contemplación de los mismos.

-Pechito López: tiene un 504 y nadie le avisó. En su fuero íntimo, imagina que maneja un be eme, adornando su vehículo con luces de neón, llantas de aleación, cuenta vueltas, medidor de aceite, de líquido de frenos, de nivel de batería y hasta barómetro. Llega al paroxismo cuando logra reemplazar el viejo volante original de su Peugeot por un Momo original como el de Fernando Alonso. Generalmente acompaña su idiotez con gorritas, anteojos de sol, o remeras excesivamente ajustadas. Hace honor a la "bajada de bandera" quemando caucho en cada esquina, y rompiendo la barrera del sonido cada cuadra, por más que tenga el semáforo en rojo por delante (tiene una necesidad incontenible de ser el primero en llegar y el primero en partir).


-El libidinoso: generalmente actúa en manada. Su hábitat natural son las paradas, donde se reúne con seres de su misma especie para desvestir con la mirada todo aquello con dos piernas (no es imprescindible) que se asemeje a una mujer. Su rango etáreo va desde los 10 hasta los 99 años aunque, claro, puede hacer excepciones. Si tenemos la desgracia de caer en manos de uno de ellos, desviará constantemente la mirada del camino para mirar cuanta teta, culo o protuberancia por el estilo camine por la calle, acompañando su contemplación de la correspondiente mordida de labios. Tendrá la generosidad de compartir su libidinosidad con nosotros, haciendo comentarios como "esa rubia tenía dos cabezas de enano", o variantes
igualmente procaces.

-El futbolista frustrado: decora su vehículo con el escudo de (complete a su gusto). Indefectiblemente se encontrará escuchando una radio de deportes (por lo general suelen ser oyentes de Cama Solar Closs o Marmota Fantino) con una devoción tal que nos hará pensar que están revelando una Verdad Divina en cadena nacional. En cuanto hagamos cualquier tipo de comentario medianamente relacionado con la gansada que están diciendo en la radio, comenzará a rememorar sus viejas épocas de goleador en Kimberley, nos contará que llegó a probarse en Vélez, y nos hablará pestes de ese defensor que "le rompió la rodilla" y nos privó a los mortales de ver al émulo de Van Basten despilfarrando talento por las canchas. Es fácilmente identificable fuera de su hábitat, por estar vestido con ropa deportiva en cualquier tipo de ocasión.

-El facho: si por él fuera, manejaría un Falcón y lo pintaría de verde. Tiene un cigarrillo negro adosado a su labio que ningún médico ha logrado extirpar. Usa el espejo retrovisor para clavarnos su mirada inquisidora, haciéndonos preguntar por qué carajo no tomamos el bondi. Su opinión quedó detenida en marzo del ´76. Macera (o debería decir Massera?) su pensamiento retrógrado escuchando Radio Diez, al compás de homosexuales igualmente reprimidos como Gonzalez Oro o Baby Etchecopar. Su hit inoxidable es: "hay que meterle bala a estos negros de mierda".

-El director de tránsito: es el más popular de los especímenes, y a quien más putea uno cuando lo padece como peatón o desde otro vehículo. Como si lo corriera la muerte, se divierte zigzageando entre carriles, esquivando autos. Toca la bocina como si se estuviera comunicando por código morse, acompañándola con una verba florida en insultos. Su víctima favorita suelen ser las mujeres, quienes según su calificada opinión no deberían manejar, y a quienes se divierte insultando a caballo de su poema más conocido: "andá a lavar los platos". Tiene un promedio goleador de dos semáforos en rojo cruzados por cada viaje. Es un director de tránsito frustrado, señalando todos y cada uno de los errores de los demás, sin observar las calamidades que él mismo comete y las que obliga a los demás a cometer. Deja tras de sí una estela de insultos, bocinazos y miembros de peatones, aunque, claro, la culpa siempre es del otro.