Cuando por cualquier motivo uno mencione que vive frente al mar, recibirá como réplica automática de su interlocutor la siguiente frase, acompañada de su respectivo suspiro inicial: "ay, qué lindo ver el mar todos los días!". Quien pronuncia esta frase, no lo hace porque posea una capacidad contemplativa y una sensibilidad superior a la media, sino por mera vagancia intelectual, lo cual demuestra que para una inmensa mayoría, es más fácil comer sin sal que evitar el lugar común (bueno sería que alguien lo señalizara, de modo que los idiotas no tuvieran que sobrecargar sus neuronas buscándolo).
Lo irónico es que la peor época para vivir frente al mar son justamente los meses en los cuales uno más debería disfrutarlo: el verano, la temporada que la gente espera con ansias durante todo el año, y que pasa tan rápido como un día feriado, sin que uno llegue a saborearla. Esa época en que las calles se llenan de promotoras, el olor a hawaian tropic invade nuestras fosas nasales y el mal gusto se apodera de las calles. Nunca entendí por qué uno TIENE que estar contento y feliz, sólo porque es verano y "hay que pasarla bien". Tal vez sea un exceso de Robert Smith durante la adolescencia, o simplemente amargura congénita, pero cada vez que alguien pronuncia la frase "qué bueno que llegó el verano" no puedo evitar las arcadas y un dolor de estómago similar al provocado por engullir catorce berlinesas en mal estado.
Lo peor es que, no conformes con pronunciar estas frases, la gente las acompaña con (ay) "música latina", o derivados aún más nocivos, cortesía de los nuevos celulares que nos permiten reproducir música, sacar fotos, cortarnos las uñas y estar siempre conectados, satisfaciendo la necesidad de los usuarios de publicar en facebutt frases trascendentales como "Hoy: siesta!" ( no faltará el boludo que agrave esto haciendo click en "me gusta"). Así, cuando parecía que habíamos alcanzado los límites de la pelotudez humana con Celia Cruz cantando "La vida es una fiesta", Ricardo Montaner (o lo que se esconde debajo de cantidades industriales de botox) amplía los horizontes de la idiotez y compone "Soy feliz", generando ejércitos de subnormales entonándola a coro como un mantra, haciendo que uno prefiera en esos momentos estar encerrado en un monoambiente interno en Villa Carazza.
No todo es negativo, ya que vivir en la costa nos da la posibilidad de disfrutar de figuras internacionales de la talla de Pimpinela, Palega Ortito, Chaqueño Palavecino, Enrique Iglesias, el mencionado Montaner, y hasta darnos el lujo de volver a los noventa con Puma Rodríguez y Mateyko, y sentir que nos damos un chapuzón en el deme dos menemista. Todo esto, sin salir de su balcón, y sólo teniendo que soportar desde las once de la mañana la prueba de sonido con su interminable andanada de "un, dos, subime los graves" sólo para que sintamos que Lucía Galán está dejándonos sordos en el living de nuestra casa con unos decibeles que el mismísimo Brian Johnson envidiaría. Claro, la gente bian de Nuñez se queja de las rajaduras provocadas por la sucesión de recitales en River, pero uno debe soportar a Scioli en plena campaña proselitista, a Andres Cosmai chorreando grasa por el micrófono al grito de "a ver esas palmas!" y tener al Chaqueño Palavecino pegado al hipotálamo porque, lógico, es verano y "hay que pasarla bien".
Pero el terror de todo residente costero se materializa cuando con los primeros calores, esa especie de mito similar al abominable Hombre Das Neves (perdón, de las Nieves) hace su entrada triunfal por la autovía dos: el turista. Rara especie peregrina, trae consigo doce meses de frustraciones, stress y agotamiento, que sólo cambiará por más desilusiones, espectáculos a la gorra, caminatas interminables por la peatonal, y excursiones a los rincones más inhóspitos de la Bristol. Es curioso cómo año tras año el turista se perfecciona en su fino (digamos delgado, que de fino no tiene nada) arte de ejercer esa suerte de piquete ambulante cada vez que camina con su prole por las veredas de la ciudad, obligando a quien no se encuentra de vacaciones a realizar todo tipo de proezas para sortear esos obstáculos insalvables en que resultan sus panzas dignas del Sistema Solar. Al menos tienen la misma coherencia con sus vehículos, manejando agresivamente, encerrando a otros conductores igualmente sacados, descargándose con bocinazos a repetición, demostrando un absoluto desinteres por la vida de los demás, ratificando que los argentinos somos solidarios sólo cuando hay una cámara de televisión de por medio.
Ofrendan su ausencia de pruritos sacándose la remera en cuanto lugar sea posible, a los fines que contemplemos sus adiposidades cuidadosamente desarrolladas a base de pizza y gaseosa cola. No abandonan su esterilla ni para meterse en la ducha, y van en ojotas hasta el cine. Así como los vampiros mueren al clavársele una estaca en el corazón (nuevos estudios sostienen que exponerlos a los rayos catódicos de la programación estival produciría los mismos efectos), sospecho que el turista vería imposibilitada su existencia en caso de clausurarse sus dos templos predilectos: la Fiambrería y la Rotisería. Ambos antros subsisten gracias al apetito desinteresado del turista, quien durante su estadía en la ciudad entroniza al fiambrín y las rabas (claro, estamos frente a la costa) como la base fundamental de su pirámide alimenticia, ignorando que la última vez que cambiaron el aceite de la freidora en esos recintos de dudosa reputación, eran tiempos en que Alfonsín (padre) nos deseaba Felices Pascuas.
Lo irónico es que la peor época para vivir frente al mar son justamente los meses en los cuales uno más debería disfrutarlo: el verano, la temporada que la gente espera con ansias durante todo el año, y que pasa tan rápido como un día feriado, sin que uno llegue a saborearla. Esa época en que las calles se llenan de promotoras, el olor a hawaian tropic invade nuestras fosas nasales y el mal gusto se apodera de las calles. Nunca entendí por qué uno TIENE que estar contento y feliz, sólo porque es verano y "hay que pasarla bien". Tal vez sea un exceso de Robert Smith durante la adolescencia, o simplemente amargura congénita, pero cada vez que alguien pronuncia la frase "qué bueno que llegó el verano" no puedo evitar las arcadas y un dolor de estómago similar al provocado por engullir catorce berlinesas en mal estado.
Lo peor es que, no conformes con pronunciar estas frases, la gente las acompaña con (ay) "música latina", o derivados aún más nocivos, cortesía de los nuevos celulares que nos permiten reproducir música, sacar fotos, cortarnos las uñas y estar siempre conectados, satisfaciendo la necesidad de los usuarios de publicar en facebutt frases trascendentales como "Hoy: siesta!" ( no faltará el boludo que agrave esto haciendo click en "me gusta"). Así, cuando parecía que habíamos alcanzado los límites de la pelotudez humana con Celia Cruz cantando "La vida es una fiesta", Ricardo Montaner (o lo que se esconde debajo de cantidades industriales de botox) amplía los horizontes de la idiotez y compone "Soy feliz", generando ejércitos de subnormales entonándola a coro como un mantra, haciendo que uno prefiera en esos momentos estar encerrado en un monoambiente interno en Villa Carazza.
No todo es negativo, ya que vivir en la costa nos da la posibilidad de disfrutar de figuras internacionales de la talla de Pimpinela, Palega Ortito, Chaqueño Palavecino, Enrique Iglesias, el mencionado Montaner, y hasta darnos el lujo de volver a los noventa con Puma Rodríguez y Mateyko, y sentir que nos damos un chapuzón en el deme dos menemista. Todo esto, sin salir de su balcón, y sólo teniendo que soportar desde las once de la mañana la prueba de sonido con su interminable andanada de "un, dos, subime los graves" sólo para que sintamos que Lucía Galán está dejándonos sordos en el living de nuestra casa con unos decibeles que el mismísimo Brian Johnson envidiaría. Claro, la gente bian de Nuñez se queja de las rajaduras provocadas por la sucesión de recitales en River, pero uno debe soportar a Scioli en plena campaña proselitista, a Andres Cosmai chorreando grasa por el micrófono al grito de "a ver esas palmas!" y tener al Chaqueño Palavecino pegado al hipotálamo porque, lógico, es verano y "hay que pasarla bien".
Pero el terror de todo residente costero se materializa cuando con los primeros calores, esa especie de mito similar al abominable Hombre Das Neves (perdón, de las Nieves) hace su entrada triunfal por la autovía dos: el turista. Rara especie peregrina, trae consigo doce meses de frustraciones, stress y agotamiento, que sólo cambiará por más desilusiones, espectáculos a la gorra, caminatas interminables por la peatonal, y excursiones a los rincones más inhóspitos de la Bristol. Es curioso cómo año tras año el turista se perfecciona en su fino (digamos delgado, que de fino no tiene nada) arte de ejercer esa suerte de piquete ambulante cada vez que camina con su prole por las veredas de la ciudad, obligando a quien no se encuentra de vacaciones a realizar todo tipo de proezas para sortear esos obstáculos insalvables en que resultan sus panzas dignas del Sistema Solar. Al menos tienen la misma coherencia con sus vehículos, manejando agresivamente, encerrando a otros conductores igualmente sacados, descargándose con bocinazos a repetición, demostrando un absoluto desinteres por la vida de los demás, ratificando que los argentinos somos solidarios sólo cuando hay una cámara de televisión de por medio.
Ofrendan su ausencia de pruritos sacándose la remera en cuanto lugar sea posible, a los fines que contemplemos sus adiposidades cuidadosamente desarrolladas a base de pizza y gaseosa cola. No abandonan su esterilla ni para meterse en la ducha, y van en ojotas hasta el cine. Así como los vampiros mueren al clavársele una estaca en el corazón (nuevos estudios sostienen que exponerlos a los rayos catódicos de la programación estival produciría los mismos efectos), sospecho que el turista vería imposibilitada su existencia en caso de clausurarse sus dos templos predilectos: la Fiambrería y la Rotisería. Ambos antros subsisten gracias al apetito desinteresado del turista, quien durante su estadía en la ciudad entroniza al fiambrín y las rabas (claro, estamos frente a la costa) como la base fundamental de su pirámide alimenticia, ignorando que la última vez que cambiaron el aceite de la freidora en esos recintos de dudosa reputación, eran tiempos en que Alfonsín (padre) nos deseaba Felices Pascuas.



