domingo, 6 de febrero de 2011

Fauna marplatense - El taxista

Tomar un taxi en alfajorland puede ser una experiencia casi surrealista, y en ocasiones, más entretenida que viajar en el "Olitas" (aunque, a decir verdad, no hace falta mucho para eso). Lo que torna especialmente impredecible el viaje, no es el hecho de que apenas uno deposite sus posaderas sobre el asiento del vehículo automáticament sienta un dolor agudo en dicha zona al contemplar la "bajada de bandera" (ver Pechito López), ni la epopeya de conseguir un taxi libre en un día de lluvia en plena temporada, ni mucho menos que por una vez en la vida nos toque uno de esos taxis relucientes y no el mismo Renault 12 de cada año; no señor, lo que vuelve a nuestro viaje una experiencia única es, sencillamente, el taxista, inmortalizado en canción por poetas populares de la talla de Ricardo Arjona. Contemplen algunos de los especímenes descriptos a continuación, y analicen si no han tenido el dudoso placer de viajar
                                                         con alguno de ellos:

-El militante: nunca pisó un partido político, no tiene idea de lo que es un mítin, jamás leyó el manifiesto comunista, pero opina de cualquier tema de la agenda política con la más absoluta y fingida erudición. Votó a M#&$% en el ´89, y lo que es peor aún, reincidió en el ´95. De hecho, muy secretamente y aunque no lo confiese, quiere que vuelva "porque estábamos mejor", lo cual, traducido al castellano, implica que se pudo ir a Miami y hacer una envidiable diferencia monetaria, aunque, a juzgar por el estado calamitoso de su vehículo, jamás lo notaríamos. Su pregunta retórica de cabecera es: "¿sabés cómo se soluciona esto?".

-Barrilete Niembra: apenas terminemos de pronunciar nuestra dirección de destino, comenzará con su monólogo profuso en lugares comunes, matizado únicamente por algún que otro monosílabo que podamos emitir, del estilo "aha", "mse" o sus variantes menores. Si por quivocación, en alguno de sus pequeños recesos para inhalar, osamos emitir una opinión contraria a su soliloquio o nuestra pertenencia al grupo social al cual se encuentra criticando, automáticamente se borocotizará, y rindiendo honores a su nombre, reformulará cualquier tipo de pensamiento ofensivo hacia nuestra persona, reemplazándolo por frases igualmente obsecuentes, lo cual nos hará extrañar sus idioteces primigenias.

-El desagradable: general, aunque no necesariamente conductor de Renault 12 o de 504, es fácilmente reconocible por el hedor que desprende el habitáculo, con su característico aire viciado (es preferible saltar desde un noveno piso antes que tomar uno de estos taxis un día de invierno con lluvia), mezcla de Imparciales, desodorante con exceso de musk y flatulencias varias. Limpia su auto únicamente cuando Racing sale campeón.
Tiene una particular adicción al Blem, aplicándolo en cuanta superficie sea posible, lo que da esa especial sensación de pegoteo en sus tapizados de cuerina. Corona su concierto de ruidos guturales en los semáforos, donde practica su deporte favorito: la extracción de mocos. A esto le sigue su segunda actividad favorita: la contemplación de los mismos.

-Pechito López: tiene un 504 y nadie le avisó. En su fuero íntimo, imagina que maneja un be eme, adornando su vehículo con luces de neón, llantas de aleación, cuenta vueltas, medidor de aceite, de líquido de frenos, de nivel de batería y hasta barómetro. Llega al paroxismo cuando logra reemplazar el viejo volante original de su Peugeot por un Momo original como el de Fernando Alonso. Generalmente acompaña su idiotez con gorritas, anteojos de sol, o remeras excesivamente ajustadas. Hace honor a la "bajada de bandera" quemando caucho en cada esquina, y rompiendo la barrera del sonido cada cuadra, por más que tenga el semáforo en rojo por delante (tiene una necesidad incontenible de ser el primero en llegar y el primero en partir).


-El libidinoso: generalmente actúa en manada. Su hábitat natural son las paradas, donde se reúne con seres de su misma especie para desvestir con la mirada todo aquello con dos piernas (no es imprescindible) que se asemeje a una mujer. Su rango etáreo va desde los 10 hasta los 99 años aunque, claro, puede hacer excepciones. Si tenemos la desgracia de caer en manos de uno de ellos, desviará constantemente la mirada del camino para mirar cuanta teta, culo o protuberancia por el estilo camine por la calle, acompañando su contemplación de la correspondiente mordida de labios. Tendrá la generosidad de compartir su libidinosidad con nosotros, haciendo comentarios como "esa rubia tenía dos cabezas de enano", o variantes
igualmente procaces.

-El futbolista frustrado: decora su vehículo con el escudo de (complete a su gusto). Indefectiblemente se encontrará escuchando una radio de deportes (por lo general suelen ser oyentes de Cama Solar Closs o Marmota Fantino) con una devoción tal que nos hará pensar que están revelando una Verdad Divina en cadena nacional. En cuanto hagamos cualquier tipo de comentario medianamente relacionado con la gansada que están diciendo en la radio, comenzará a rememorar sus viejas épocas de goleador en Kimberley, nos contará que llegó a probarse en Vélez, y nos hablará pestes de ese defensor que "le rompió la rodilla" y nos privó a los mortales de ver al émulo de Van Basten despilfarrando talento por las canchas. Es fácilmente identificable fuera de su hábitat, por estar vestido con ropa deportiva en cualquier tipo de ocasión.

-El facho: si por él fuera, manejaría un Falcón y lo pintaría de verde. Tiene un cigarrillo negro adosado a su labio que ningún médico ha logrado extirpar. Usa el espejo retrovisor para clavarnos su mirada inquisidora, haciéndonos preguntar por qué carajo no tomamos el bondi. Su opinión quedó detenida en marzo del ´76. Macera (o debería decir Massera?) su pensamiento retrógrado escuchando Radio Diez, al compás de homosexuales igualmente reprimidos como Gonzalez Oro o Baby Etchecopar. Su hit inoxidable es: "hay que meterle bala a estos negros de mierda".

-El director de tránsito: es el más popular de los especímenes, y a quien más putea uno cuando lo padece como peatón o desde otro vehículo. Como si lo corriera la muerte, se divierte zigzageando entre carriles, esquivando autos. Toca la bocina como si se estuviera comunicando por código morse, acompañándola con una verba florida en insultos. Su víctima favorita suelen ser las mujeres, quienes según su calificada opinión no deberían manejar, y a quienes se divierte insultando a caballo de su poema más conocido: "andá a lavar los platos". Tiene un promedio goleador de dos semáforos en rojo cruzados por cada viaje. Es un director de tránsito frustrado, señalando todos y cada uno de los errores de los demás, sin observar las calamidades que él mismo comete y las que obliga a los demás a cometer. Deja tras de sí una estela de insultos, bocinazos y miembros de peatones, aunque, claro, la culpa siempre es del otro.

No hay comentarios: