sábado, 8 de octubre de 2011

Blackberries para todos

Cuando uno como espectador televisivo comenzaba a rehabilitarse luego de considerar seriamente destrozar el vidrio del televisor a fuerza de golpes de lóbulo frontal, como consecuencia del efecto lobotomizante producido por la seguidilla inhumana de publicidades de yogurt, calditos, toallitas femeninas, jabón en polvo y más yogurt, sufre los efectos de una profunda recaída, como consecuencia de algo aún peor (si es que existe algo peor que Andino queriéndonos vender queso): los spots políticos.
Si la canasta básica del argentino promedio se basara en las tandas publicitarias, uno llegaría a la extraña conclusión de que para vivir decentemente, alcanza con ir bien de cuerpo, tener las medias blancas, poder hacerse un nudo con el cabello y tener los dientes más blancos que la espalda de un albino en pleno junio. Afortunadamente, cada cuatro años, con el efecto letal de las repeticiones de los mundiales, llega ese momento en que uno deposita inocentemente su sufragio en la urna, cremando al menos por unos instantes su descreimiento en la futilidad de ese noble acto. Pero para llegar hasta ahí, una maquinaria gigantesca de publicistas, asesores, encuestadores, maquilladoras, vestuaristas y dealers debieron realizar numerosos brainstormings para convencernos de que ese candidato que vimos en pantalla, es verdaderamente EL elegido, y no Echarri jugando a ser abogado.
Así es como nos encontramos con "El Alberto", que con su tono campechano de extraterrestre del planeta Xilium (¿remember?) nos promete viviendas para todos (esperemos sean mejores que las de American Psycho Schoklender), y lo que es mejor aún, wi fi libre en todo el país! Eso es progreso. Nada de redistribución de la riqueza, inclusión social, inversión en educación ni ninguna de esas paparruchadas de comunistas trasnochados: todo argentino tiene derecho a navegar gratarola con su Blackberry. Y que los cibers la sigan mamando. Pero cuando uno está a punto de saltar de su sillón, enfervorizado, un corito espantoso al grito de "Rodrííííííguez Saaaaaaa" lo devuelve a la realidad.
Su ex contendiente en esa paparruchada que fueron las internas del "peronismo federal", el inoxidable Edu Duhalde, nos promete que "el sabe" cómo terminar con el narcotráfico (ja), la inseguridad (jaja) y la corrupción (jajaja periódico). Ahora, cómo lo va a hacer resulta un misterio insondable, casi tan grande como por qué el Chino Garcé jugó un Mundial. De todos modos, si consideramos que se trata del hombre que operó para voltear a De la Ruina y luego emerger como el Mesías, démosle algún crédito a su sapiencia. La gran pregunta es, si no tuvo coherencia para cumplir su palabra, al anunciar su retiro definitvo de la política, por qué deberíamos creerle sus promesas?
El caso Carrió resulta cuanto menos curioso. Se trata de una persona incuestionablemente preparada, inteligente y honesta, impulsora de proyectos de leyes notables en el Congreso; incluso, logró superar su período místico y abandonar esos crucifijos que Prince envidiaría. Con estos antecedentes, uno supondría que se trata de un adversario de peso, con el pinet necesario para pelear cualquier elección; lamentablemente, como consecuencia de su constante tendencia petardista, sumado a un ego que le impide aliarse con cualquier otro político que intente opacarla, devino en un personaje más cercano a Guillermo Nimo que a Bachelet. Habiendo despilfarrado un valioso veintidós por ciento de caudal electoral y ya resignada en las elecciones presidenciales, sus spots se limitan a colocar la mayor cantidad de senadores y diputados en el Congreso. No sería una mala estrategia, a no ser porque su principal referente resulta Patricia Bullrich, quien ya desde la propaganda nos escruta con una sonrisa excesivamente impostada adosada a su rostro, casi como pergeñando su próxima borocotización. Se comenta incluso que si se observa detenidamente, puede notarse la remera amarilla del Pro advirtiéndonos debajo de su tallieur adquirido en el shopping homónimo.
Alfonsín, mientras tanto, sustenta su campaña en las ideas de Agulla (quedará alguien del "grupo sushi" o era pescado podrido?), quien no conforme con haber encallado con la Alianza, intenta hundirse del todo con ese enfermo terminal que es el radicalismo. Con la Cobosmanía extinguida y habiéndose bajado Sanz el insulso de su candidatura (se comenta que ni su madre lo reconoce en fotografías), la figura de "Ricardito" emerge como la única posible de evitar otro papelón radical. Es por ello que gracias al efecto dèja vu, todas las imágenes remiten a su padre, como si por generación transitiva, junto con su bigote vinieran adosadas las cualidades democráticas de Alfonsin Senior. Hasta ahí no habría inconvenientes, pero ¿hacía falta comparar a Ricardito con Kennedy, Ghandi y Martin Luther King? ¿No será demasiado? Más aún si tenemos en cuenta que en su afán electoral, se unió (pro) con el único candidato que ganó una elección gracias a su imitador: "Alica alicate" De Narvaez, quien en los afiches se subió el cuello de su camisa para tapar ese tatuaje de pendeviejo que horrorizaba a las señoras bian paquetas pacatas de Barrio Norte (Yrigogen debe estar golpeando su cajón en este momento, y no precisamente el de Herminio).
Kri$htina, por su parte, sale al ring con el aplomo del noqueador, sabiendo que con el piloto automático no debería tener mayores sobresaltos. Su campaña se encuentra sustentada en lo emocional, recurriendo a lo más lacrimógeno del neorrealismo italiano, exprimiendo al extremo el logrado "tono Evita" que le imprime a sus discursos, golpeando debajo del cinturón. Curiosamente, aplica en sus spots la misma lógica que denostaba en la oposición, haciendo del caso particular uina generalización. Así es como una investigadora del Conicet nos cuenta por qué volvió al país y Braian Toledo, el crack de la jabalina, nos cuenta su encuentro cercano del tercer tipo con CFK (no deberían replantearse el hecho de utilizar menores de edad en sus campañas?). Pero si el tono épico de los spots anteriores no resulta suficiente, tenemos el as guardado en la manga: una fábrica que estuvo a punto de cerrar durante el menemato, hoy transformada en una empresa marca nacional; cuando uno ve el gesto adusto de los empleados, las instalaciones y escucha a quien suponemos es el gerente hablar de su compañía como si se tratara de una pionera de la nanotecnología, no podemos contener la carcajada cuando finalmente resulta ser una fabricante de termos, proveedora de la infusión cansina por excelencia. De todos modos, pese a los denodados esfuerzos del ex Ucedé Lovely Boudou por boicotear la campaña, insistiendo en hacernos creer que es un rockero re loco, tocando con su guitarrita tuneada canciones de soft rock barrial de La Mancha de Rolando (verdadero milagro argentino), Cristina no debería tener mayores inconvenientes en las elecciones de octubre, más por defectos ajenos que por virtudes propias.
Es por todo lo anteriormente mencionado que desde este humilde lugar, les rogamos a los publicistas que continúen intentando vendernos fideos, al menos sabemos que sólo nos pueden ocurrir cuatro cosas:
1) Que se nos peguen
2) Que sean transgénicos
3) Que estén vencidos
4) Las tres anteriores

jueves, 1 de septiembre de 2011

Clasificación del periodista


En el año 2007 el filósofo francés Roberto Zapata propuso una forma interesante de clasificar a distintos tipos de periodistas. Su peculiar enumeración fue recibida por la sociedad con aplausos y vítores, pero también con silbatinas y tomatazos. Para explicar esta reacción despareja, el filósofo fue contundente.
-Y... ¿viste cómo es la sociedad? No hay poronga que le venga bien -dijo. En francés.
Los traductores de Chascomousse han accedido a la obra original y presentan hoy aquí, por primera vez en la Argentina, un brevísimo resumen de los puntos más importante de la misma. Por suerte, son pocos.

1. El periodista que no se la juega nunca

Es adicto a los condicionales, y hasta los usa mal. Duda, teme... no se la juega nunca.
*Ejemplo representativo, de 1982: "Periodista: Estaríamos diciendo, si nuestras fuentes son confiables, que habrían disparado al músico John Lennon... hace dos años. El músico estaría muerto, y su mujer sería ponja y fea".

2. El periodista facho Su tarea es, o al menos eso siente él, buscar culpables. Y para eso, ¿qué mejor que apuntar los cañones hacia las minorías sociales? Está convencido; el pueblo debería agradecerle.
*Ejemplo representativo, de 1994: "Periodista: Ha estallado una bomba en la AMIA, pero tranquilos, casi todos eran judíos. La policía investiga quién está detrás del atentado, pero nosotros, a pocas horas del hecho en cuestión, estamos en condiciones de asegurar que ha sido un grupo de jóvenes, pobres, que seguramente robaron un libro de la biblioteca colectiva de la villa 32, y aprendieron a armar bombas. Deben haber tenido que secuestrar a alguien para que les lea el libro, ya que los pobres no saben leer. Se ha iniciado una cadena de oración por esa persona, quien quiera que sea; esperemos que sea liberada. ¿Cómo...? Ah, me avisan por la cucaracha que ya tenemos listo el identikit de uno de los sospechosos. Como podemos observar, es de piel oscura, usa arito, tiene gorra, y repite mucho 'eh guacho, eh guacho'. Podría tener un cómplice boliviano".

3. El periodista psicólogo frustrado (también conocido como 'el pelotudo ese')
Cree que puede ir más allá de las respuestas. Creé que puede lograr que el entrevistado se marche con una nueva visión de su vida y de su historia. Eso creé, pero no hay nada más lejos de la realidad.
*Ejemplo representativo, de 1997: "Periodista: Y decíme, Daniel, ¿a qué te referís con eso de 'la ventanita del amor se me cerró'? Agostini: Bueno, principalmente a eso, ¿no? Es una historia de amor. El tipo se queda solo y no se puede enamorar más. Periodista: Porque yo pesaba, cuánto hay atrás de eso, ¿no? 'La ventanita del amor se me cerró'. Habla de una infancia de encierro. De castración. Agostini: Sí, es un tipo que lo dejó la mina, y no se puede enamorar más. Como que quedó enganchado. Periodista: Claro, pero no me vas a decir que la ventana cerrada no representa una vía de escape clausurada. Te veo de chico, Daniel, con tus rulos, gritando '¡abran la ventanita!'. Pero no era una ventana real. Pedías libertad. Es un pedido de libertad, ¿no? Eso es la letra de 'La ventanita del amor', un claro grito de libertad. Agostini: Sí, no lo había pensado así, no sé... En realidad yo contaba la historia de un tipo, ¿viste?. Lo deja la mujer, y no puede enamorarse de otra. Periodista: Daniel, ¿sos feliz?

4.El periodista tira-bomba sin filtro
Generalmete, se dedica al periodismo de espectáculos. O a los chimentos, como se conoce mejor dicha rama. Si tiene una puntita, un dato, no duda; la juega, la tira sobre la mesa. Justo el día que hablaron de ética y moral en la facultad, estaba con gripe en su casa.
*Ejemplo representativo, de 2005: "Conductor: Queremos felicitar a Pablo Echarri y a Nancy Duplaa, que están esperando a su primer hijo... ¿qué pasa Luis? Panelista: Nada, nada... Conductor: Algo sabés, ¿por qué ponés esa cara? Panelista: Nooo, por nada... una data que me tiraron recién. Conductor: ¿Sobre Nancy? Panelista (se encoge de hombros, asiente con ojos picarones): Parece que la vieron ayer en los camarines del canal. Conductor: ¿Besándose con alguien? Panelista: Va a ser una terrible noticia para Mónica Ayos. Conductor: ¡¿Se estaba besando con el marido de la Ayos?! Panelista: Besando, no... Conductor: ¡¿Le estaba tirando la goma al marido de la Ayos?! Panelista: Parece que traga. Conductor: ¡Terrible! Dos familias que se rompen. Esperemos que Nancy no pierda el embarazo. Hablando de embarazo... ¿Querés adelgazar y no podés? Cachamai Hierbas es la solución. Dos tacitas por día y en dos semanas me contás. Andá a la farmacia y comprá Cachamai hierbas, dale. Vamos a una pausa, y ya volvemos.

5.El periodista limadito
'Ya fue'. Eso es lo que se le debe cruzar por la cabeza. Tal vez no sea conocido por su nombre y apellido. Pero con los años lo recordarán como 'el loco de mierda que saltó a decirle tal cosa a tal tipo'. Especie en extinción.
*Ejemplo representativo, de 1982: "Leopoldo Fortunato Galtieri: ¡Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla! Periodista: 'Disculpe, general... acá, a la derecha. ¡Acá! José Manotti, para diario El Chiringuito, de la facultad de Ciencias Sociales de La Plata. Quería saber, ¿está realmente seguro de lo que está haciendo o es un borracho asqueroso con ansias de poder y ganas de jugar a la guerra que intenta amortiguar con autoritarismo y represión la vergüenza que le genera desde siempre tener el pene mucho más pequeño que el del hombre promedio?

6.El periodista profeta (también conocido como 'el apocalíptico')
No sabe por qué, si es porque le bajan línea, si es por decisión propia. Ya no lo sabe. Pero, por las dudas, él augura siempre lo peor.
Ejemplo representativo, de 2005: Periodista: Indignación en las calles por el aumento de 30 centavos del precio del paquete de Rumba, la gente planea una marcha general hasta Casa de Gobierno para las 20 horas. De seguir aumentando así las galletitas de marca en tres meses tendríamos que comprar galletitas sueltas. La demanda va a superar ampliamente a la oferta y seguramente volverá a haber saqueos como en 2001, y muerte en los supermercados y las calles. Recomendamos permanecer encerrados durante lo que resta del año. Trabe las puertas, prenda el televisor, cargue su arma. No se pierda los detalles en el siguiente informe que titulamos 'La Rumba de la muerte, el miedo y la sangre'.

7.El periodista indignado
Dice el poeta 'tiene menos calle que Venecia'. Su colegio era de muchachitos, en su casa no se hablaba de ciertas cosas, y no tenia tiempo de ver qué pasaba mientras estudiaba en su universidad privada y cara, muy cara. Por eso se indigna y tira consejos al aire para cambiar a la juventud antes de que sea demasiado tarde. Porque en el fondo el morbo lo carcome, y envidia esa vida que nunca va a poder tener. Se indigna, sí, pero no deja de pasar al aire lo que aparenta repudiar. NOTA: este tipo de periodista puede confundirse comúnmente con el antes denominado 'facho'. El autor de este libro se ha visto en la ardua tarea de separarlos en dos tipos distintos.
*Ejemplo representativo, de 2006: "Periodista: Parece ser que ahora los jóvenes de 17 años filman con el celular a sus compañeras de escuela haciendo lo que entre ellos denominan 'pete'. El 'pete' es sexo oral. ¿Qué es lo que pasa con nosotros, los padres? Se ha perdido el diálogo en la mesa. Con el celular y el chat no hay tiempo para el diálogo. Por eso se está gestando esto, que no es más que una nueva generación. La generación del pete. Mire, no más. Mire esa chica, con la pollerita levantada, mire con qué sonrisa se mete eso en la boca. Mire cómo se abre la camisa y dice groserías acerca de la virilidad de su amigo y el espacio vacio entre sus pechos. Mire como aparece otro por atrás y la trata como si fuese un perro. Mire como viene otro muchacho al grito de '¿querés fiesta, gordita?' y ni siquiera espera a que le responda para bajarse la bragueta. Se la ve feliz, es cierto. Pero tal vez se sienta obligada a hacer lo que está haciendo. Mire, mire no más, cómo se suma ese enano manco, mire. Esa podría ser su hija.

En próximas entregas de Chascomousse, seguiremos publicando fragmentos de la obra de este maravilloso filósofo. No se lo pierda. Y, si quiere el libro original, envíe 50 euros a los creadores del blog. Gracias.

domingo, 28 de agosto de 2011

Perrita rubia



Obra cumbre de la cinematografía argentina, esta road movie a medio camino entre "Una historia sencilla", "Soy linda?" y "Los caballeros de la cama redonda" cuenta la historia de Clavo (cantante de la banda y probable proveedor del catering, únicos motivos por los cuales resulta protagonista del video) y la "perrita rubia" (que ni siquiera está tan buena) del título, en una tarde de motores, sexo casual y rock and roll.
Es evidente que le pusieron toda la garra para componer una canción de rock duro y valvular estilo Pappo, pero lamentablemente el resultado estuvo más cerca de un rockito inofensivo a lo Vilma Palma e Vampiros.

Highlights:
-La analogía entre el perro Richard y la "perrita rubia" que haría sonrojar a Luis Almirante Brown.
-Imperdible la escena de bajos instintos en el asiento trasero con un peluche lisérgico al que todavía no le encontramos el sentido.

domingo, 3 de julio de 2011

The Chascomousse True Balvanera Story

Lo que en realidad hizo perdurar a Andy Warhol a través del tiempo no fue el pop art, ni el intercambio deuda externa/maiz con Free Marta Minujín, mucho menos sus películas conceptuales, sino su predicción de que en el futuro todo el mundo tendría sus quince minutos de fama. Algunos aseguran que en realidad la frase correcta era que "a todo el mundo le deberían tocar quince minutos de fama en la vida". Como la mítica "tócala de nuevo, Sam" de Bogart en Casablanca, probablemente sea uno de esos casos en que la memoria colectiva termina distorsionando la realidad. De todos modos, al menos hay acuerdo en cuanto a la fracción de tiempo.
Hoy en día, cualquier idiota puede obtener su ratito de fama. Las formas son variadas. Pueden ir desde el clásico video subido a youtube de bebés demostrando cualquier clase de habilidad (recitar el Mio Cid, eructar la marcha peronista, imitar a Pachano) que terminarán amenizando el noticiero de Andino (los constructores de las Torres gemelas deberían haber tomado como referencia su jopo indestructible) en alguna sección de nombre tan detestable como "los más vistos de internet", "notas de color"o "pastillitas", haciéndonos extrañar la época en que nos deprimían con noticias de política y asesinatos.
La variante farandulera para las mujeres será inventar un romance con algún jugador de fútbol. En algún momento existían ciertos códigos de felinidad entre estas muchachas casquibanas, pero con el correr de los años se han ido difuminando hasta desaparecer junto con el Tuby, los floggers y las zapatillas LA Gear; hoy en día se pelean hasta por el zaguero central de Sportivo Italiano con tal de robar unos instantes en cámara que sirvan para pagar el alquiler y parar la olla (en su caso, la cacerola ya está llena hace rato). También podemos recurrir al programa de Anabel Ascar y aseverar con total aplomo y seriedad que una secta alienígena implantó un chip en nuestro cerebro para rastrearnos (lamentablemente, esto no es un chiste), o simplemente hacer circular una noticia falsa en alguna red social, haciendo que Orson Welles pida a los gritos ser enterrado unos metros más abajo.
El fútbol suele entregarnos frecuentemente esta clase de héroes descartables, equivalentes deportivos de los one hit wonders musicales. Basta con recordar a Adrián "Escobillón" Guillermo, aquel wing boquense de peinado afortunadamente irreproducible que pintaba para crack á la Cruyff con destino europeo y lo más cerca que llegó fue a fumar pasta base y tomarse una Crush en el buffet de Excursionistas.
Hoy, desde este humilde espacio queremos rendirle tributo a un verdadero ídolo juvenil que alegró las tardes de millones de purretes argentinos con sus ocurrencias: Brian Caruso. Lo más probable es que con este nombre nadie lo identifique, y a decir verdad, no es el nombre más agraciado como para pasar a la posteridad. Algún despistado podrá pensar que se trata de algún actor porno ochentoso o del hijo uruguayo no reconocido de Enrico Caruso. Nada de eso. Es el nombre terrenal de "Gamusa", aquel niño de pelo color ketchup que con su apodo se adelantó al boom de los trapitos, haciendo gala de una extraña mezcla de humor blanco y picaresco que provocaban en las abuelas la inefable frase "es un amor ese nene", mientras continuaban batiendo el nesquik hasta disolver completamente esas bolitas rebeldes, que cual icebergs de chocolate, se negaban a la muerte absurda en una chocolatada.
Dio sus primeros pasos en "Cebollitas" aquel programa que parecía basado en la vida de Lole Reutemann, donde se reivindicaba a los segundones por sobre el exitismo del menemato. Otra estrella alumbrada por ese programa fue Diego, aquel pelilargo que años después veríamos por escasos momentos en "Hijos del Hombre", película de Alfonso Cuarón basada en el libro de PD James, donde interpretaba paradójicamente al último niño nacido en el planeta.
Del mismo modo que el "What´s up doc?" de Bugs Bunny, el "no hay problema" de Alf o el "vos, fumá" de Carlos Calvo (el vegetal, no la calle), Gamusa tenía su latiguillo inconfundible, el cual repetía como un mantra hasta pegarlo en el hipotálamo de sus espectadores: "Venga milanesita con gamusita". Mediante esta frase aliterada, en apariencia inofensiva, Caruso consiguió lobotomizar a infinidad de chicos que encandilados por su héroe juvenil la repetían como un ejército de zombies cada vez que ingerían el noble bife rebozado en pan. Como prueba de su carisma, llegó a ganar un Martín Fierro en la categoría "revelación", superando incluso a alguna de las chancles de "Grande Pá" y a la hija de Florencia Peña en "Son de 10".
Con el tiempo, surgieron los primeros granos, cambió la voz, aparecieron los amigos del campeón, y lo que antes nos parecía divertido comenzó a cansarnos. Luego de comer caliente durante un par de años, el público le fue soltando la mano, y la llama que prometía se fue apagando cual tubo de televisor. Hoy en día circulan distintas versiones acerca de su paradero. Algunos afirman que se radicó en Ciudad del Este y se dedica al tráfico de milanesas napolitanas. Otros aseveran que es la imágen entre las sombras de miles de trapitos que pululan por las calles argentinas. Versiones más firmes indican que luego de invertir mal sus ahorros en canchas de paddle, parripollos, lavaderos y cibercafés, hoy intenta volver al ruedo desde un restaurant de comida étnica. Sea como sea, su historia es una prueba más de que lo difícil no es llegar, sino mantenerse. Gamusa, we salute you!

martes, 21 de junio de 2011

La táctica (Parte II)


(...)

-Dale, Vivi, te toca a vos esta vez –Susana dirigía la batuta.

Viviana no protestó, no había tiempo para eso. Se levantó, abrió la cartera que la vendedora había dejado en el sillón, y fue directo a la billetera. Tomó en sus manos el dinero que había en ella, y lo contó rápidamente.

-¡Setenta pesos! –exclamó decepcionada.

-¿Nada más? Buscá bien. Acordáte dónde tenía la plata escondida la de las cacerolas.

-Si hay monedas son mías, que está difícil conseguir cambio –Nora asomaba la cabeza por atrás del hombro de su amiga para mirar la billetera.

-Dale, buscá la tarjeta del cajero. ¡Dale, que va a volver! –Susana seguía dando órdenes.

-Acá está –mostró Viviana triunfal, tarjeta de débito en mano.- ¿Están listas? Vuelvan a sentarse y…

Se quedó en silencio de repente. Extrajo otra tarjeta de la billetera. Era una credencial.

-Chicas –les mostró, pálida-, miren esto.

La credencial tenía una desmerecida foto de la vendedora. Estaba con el pelo atado y muy seria. Ana Estébez, era su nombre. Agente especial, era su rango. Las letras grandes y negras de la esquina superior derecha no dejaban lugar a dudas. Interpol. La vendedora era una agente encubierta de la Interpol.

-¡Les dije, les dije! –María Inés protestaba, los nervios le jugaban una mala pasada-. Les dije que teníamos que cuidarnos. Después de lo de España, del secuestro al gerente del banco, de las vendedoras a las que les saqueamos los ahorros, ¿cuántas fueron ya? ¿Cien?

-Ciento veintidós, sin contar la de hoy –comentó orgullosa Viviana-. Lo tengo todo anotadito en una libreta donde voy poniendo lo…

-¡Basta! –Susana la hizo callar al instante-. Si pudimos con la del FBI, con esta también podemos. Nos juega a favor el factor sorpresa. Ahora nos sentamos y esperamos a que vuelva. Quiero que esta vez sea prolijo.

No les dio tiempo a reaccionar. La agente de Interpol apareció con aparente calma, apuntando con pulso firme su arma desde la puerta del pasillo.

-Están las cuatro bajo arresto. Tienen derecho a…

-Nena, nena. Me parece que viste muchas películas, vos-. María Inés levantó una mano y se acercó muy poco a ella-. ¿Por qué no agarrás tus cosas y te vas? ¿Eh? Y acá no pasó nada.

-Las manos en la nuca, señora, por favor.

-Nena, ¿vos sabés cómo terminó tu coleguita del FBI? No seas estúpida, ¿querés? Guardá la pistolita y rajá de acá.

-Tienen derecho a… -la agente Estébez se enredaba en sus propias palabras. Había oído hablar de la fama de las Cuatro Abuelas. De su famosa táctica para desorientar, marear y atolondrar a sus víctimas con anécdotas, críticas y opiniones sucesivas, que atolondraban sobremanera y dejaban fuera de combate en pocos minutos. Pero no iba a pasarle a ella. Fueron años de largo entrenamiento. Todo para prepararse para esa tarde. Eran demasiado buenas, eso era cierto. Tal vez las mejores. Habían conseguido que creyera por momentos que era incapaz de cumplir su misión. No había logrado arrestarlas de inmediato en aquella sala, después del breve reconocimiento que sólo había durado veinte segundos. Eran ellas, lo supo ni bien vio sus ojos. Intentó ganar su confianza y tal vez estuvo cerca de lograrlo. Pero esas cuatro ancianas hablaban tanto que no dejaban lugar para los pensamientos y las decisiones rápidas. Estaban ahí, las cuatro, a merced de su arma reglamentaria. Ella mandaba, y debía arrestarlas-… tienen derecho a permanecer en silencio. Todo lo que…

Dos disparos cruzaron la sala de estar de la casa de María Inés. Nora no había perdido un segundo. La primera bala le dio en el medio de la frente a la falsa vendedora. La segunda, justo entre los ojos. Cayó muerta al instante, salpicando sangre y dejando un charco que crecía, con cada segundo que pasaba, sobre las baldosas.

María Inés fue a buscar el trapo de piso sin decir nada. Nora guardó la pistola otra vez bajo los intrincados pliegues de su vestido. Viviana se apuró para quedarse con las monedas, antes de que Nora lo notara.

-Este apto para microondas está lindo, eh. Me lo quedo. Los demás los quemamos con ella, no quiero que queden pruebas. Andá cortándola en cachos, Vivi-. Dijo Susana, y se fue caminando despacito a prender el fuego en la parrilla del patio. Caminaba con cierta dificultad. Esos días de humedad le hacían doler terriblemente las articulaciones.

martes, 31 de mayo de 2011

La táctica (Parte I)


-Y decíme, nena, ¿es apto para microondas ese?

-¿Cuál? ¿El rojo cuadradito? –preguntó la vendedora.

-¿Para qué querés saber, Susana? –María Inés interrumpió con su voz aflautada. Era la que había organizado la reunión en su casa.- Si no tenés microondas, vos.

-Bueno, pero algún día me voy a comprar uno.

-Ojo con eso del microondas, eh –objetó Nora-. Mi prima Adrianita, que Dios la tenga en la gloria –se persignó-, tenía puesto un marcapasos. Un día se fue a calentar dos porcioncitas de pizza que le habían sobrado del almuerzo y ¡púmbate! Ahí quedó la pobrecita. La encontraron muerta en el piso, y la chicharra del aparato meta ‘¡Pi, pi, pi!’ cada quince segundos.

-Además la pizza la deja blandita –Viviana no podía perderse la oportunidad de acotar-. Aaayyyyy, la piiizzaaaa. Ya no es lo que era antes –señaló con dedo acusador a la vendedora, poniéndose algo violenta-. Ustedes los jóvenes le ponen de todo arriba, nena. Que palmitos, que pollo, que provenzal. ¡Masa, salsa y queso! ¡A veces ni queso tenía, nena!

-Yo no como pizza –alegó la vendedora, subiendo los hombros.

-Y, claro –coincidió Viviana-. Con la porquería que te venden ahora… Aaayyyyy, la pizza de nuestra época.

-Calláte un poco, Viviana, ¿querés? –la cortó Susana, cansada de escucharla-. Si el otro día en la reunión con las chicas te comiste tres porciones de la de roquefort y panceta.

-¡Mentiraaaaa! –Viviana se puso de pie, y usó el mismo método del dedo acusador.

-Es verdad, Vivi. Por favor… -intercedió Nora-. Igual, ojo con eso de la pizza, eh. Mi tía Mercedes, que Dios la tenga en la gloria –se persignó-, era una maquinita de comer pizza. Y con fainá. De golpe, ¡púmbate!, un infarto. El colesterol por las nubes.

-Estos son geniales para el freezer –la vendedora notaba que la reunión se iba por las ramas, y comenzaba a desconcentrarse y a ponerse algo nerviosa. Debía mantenerse fría por dentro, mantenerse firme en su objetivo. Se esforzó, y logró sostener su mejor sonrisa.

-Yo no tengo freezer, tengo congelador –María Inés tomó un sorbito del té que tenía delante-. ¿Para qué voy a tener si me cocino para mí sola? Ni ceno. Igual están lindos nena, eh.

-Yo no lo uso casi el freezer –dijo Susana-. Y menos para hacer cubitos –señaló una cubetera de plástico que descansaba sobre la mesita, entre el resto de los productos de catálogo que ofrecía la vendedora-. Me hacen mal a la garganta, ¿viste?, las cosas tan frías. Después ando disfónica y tengo que levantar el tono, y me pongo cada vez peor. Es un ciclo. Una cosa de nunca acabar.

-Además, en nuestra época, las cosas se tomaban así no más, como estaban –se quejó Viviana, de nuevo-. Ibas al campo, ordeñaban la vaca, chiqui, chiqui, chiqui –hizo la mímica del ordeñe con sus manos-, y te tomabas la leche. Así no más, ni hielo, ni heladera, ni la pasteración esa, ni nada. Ahora hay que escucharlo al Pancho Ibáñez por la televisión que te habla que parece que contara él mismo bacteria por bacteria…

-Yo no miro propagandas –dijo Susana, y siguió contemplando el recipiente para microondas.

-Pero el yogurcito ese para ir de vientre –interrumpió Nora-. ¡Qué maravilla que es! Igual, ojo con…

-¡Y que buen mozo ese Pancho Ibáñez! Un caballero, parece –María Inés habló y se sonrojó un poco.

-Debe ser drogadicto –sentenció Viviana.

-¡Estás loca! –Susana defendió al conductor-. Con esa seriedad, con esa presencia. ¡Con ese bigote!

-¡Dro-ga-dic-to!- insistió María Inés, levantando el tono nuevamente, y golpeando cuatro veces la mesa con la palma de la mano, marcando cada sílaba.- Son todos así en ese ambiente. Todos. El Pancho Ibáñez, el Nicolás Repetto, Pergollini, la Mónica y César… Hasta el Santo Biasatti, te pongo la firma. ¡Te pongo la firma!

-¡Estás loca! –repitió Susana.

-Igual, ojo con esos yogurcitos, eh –Nora volvió a cuando fue interrumpida. Por nada del mundo dejaría pasar la oportunidad de contar su experiencia-. Mi Raúl, que Dios lo tenga en la gloria –se persignó-, era de duuuuro para ir de vientre. Ha estado días sin ir de cuerpo. Una vez, en unas vacaciones que nos tomamos en la casa de Mar de Cobo de mi prima Irma, le tuve que…

-Que Dios la tenga en la gloria –le agregó María Inés, por las dudas, creyendo que se lo había olvidado.

-No, no. Irma sigue viva, eh –aclaró, y las cuatro amigas se tocaron la teta izquierda. La propia, no la de la compañera-. Les decía, le tuve que preparar unos pancitos de salvado y pasas de uva que eeeeraaaann –sacudió la mano derecha haciendo un tirabuzón hacia el techo- de maravilla. Había estado ocho días y siete horas sin ir al baño. Cuando fue, ¡uhhhhh! –se le aflautó la voz-. Ni te cuento. Hizo catorce veces en doce horas. Terminamos en la salita de emergencias. Le enchufaron suero y todo, eh.

-Aaayyyyy… en nuestra época la gente no necesitaba ayuda para, para… -Viviana se quedó sin sinónimos, así que usó el único que le vino a la cabeza-… para cagar. Antes una iba todos los días, se sentaba, y listo. Era algo natural. Debe ser por las cosas que le ponen a las comidas de ahora, ¿viste, nena? –miraba a la vendedora, como si ella fuese la culpable. Tenía que concentrarse, se trataba de su trabajo, no era fácil, pero debía volver a fijar la mirada en su objetivo-. El otro día salió en el noticiero una noticia que decía que en Salta les habían manoseado los átomos del ADN a los pollos, y que ahora salían unos gigantes.

-De diez kilos quinientos, salen –acotó María Inés.

-De diez kilos quinientos- asintió Viviana-. ¿A vos te parece, nena? Es anti natural eso. Por eso debe haber tantos trolos en estos días, todo contranatura. ¿Y los huevos? ¿También son gigantes?

-Pobres gallinas –acotó Susana, y todas se rieron tapándose la boca con la mano y ruborizándose por el comentario.

-El otro día, en la verdulería, compré unas paaaaltass –María Inés revoleó las manos al contarlo-. ¡Enormes!

Volvieron las risitas. La vendedora las miraba sin entender. Trataba de seguir sonriendo, pero cada vez costaba más no perder los estribos.

-¿Y berenjena no había? –preguntó Susana entre las carcajadas.

-Aaayyy, Susi –María Inés se secaba las lágrimas-. ¡Me vas a hacer pillar!

-¿Sabés lo que pasa, nena? –Viviana tuvo la amabilidad de hacer parte de la historia a la vendedora-. El Cholo, que es el hombre de la verdulería de acá de Paso y Veinte de Setiembre, se va todos los sábados al Club de Jubilados, y anda dele que te dele arrastrándole el ala a María Inés.

-Y esta –Susana la señaló-, así como la ves, que ayuda a acomodar las hostias antes de misa, que pasa la bolsita para la limosna… Así como la ves le sigue el juego al Cholo, eh.

-Calláte, Susi –María Inés se puso seria-. ¿Qué va a pensar esta chica? Por favor, te lo pido.

-Bueno –la vendedora aprovechó la oportunidad-. Estos tres celestitos que tengo acá a Cholo le van a encantar María Inés. Mire, son especiales para verduras y frutas.

-Hay que comer mucha verdura –aconsejó Nora-. Mi abuela Catalina, que Dios la tenga en la gloria –se persignó-, comía sólo verduritas. Que radicheta por acá, que zapallito por allá… Todo verduritas. Era vegetariana.

-Era herbívora, Norita. Era un dinosaurio –opinó Susana, que la había conocido.

-No seas mala, Susi –se ofendió Nora-. La cuestión es que el médico, unos días antes de que falleciera, a los noventa y ocho años y monedas, le dijo que tenía el organismo de una mujer de treinta. Y todo por la verdura.

-¿Y de qué murió? –se mostró interesada la vendedora.

-Le calculó mal a la puerta del subte.

-Ah… -la muchacha no supo que decir-. Pobre.

Se hizo un silencio total. La vendedora se puso de pie y preguntó por la ubicación del baño. Le indicaron dónde quedaba, y le pidieron que mantuviera la puerta del pasillo arrimada ‘porque si no se hace correntada’. Ninguna habló hasta que las cuatro estuvieron solas.

-Dale, Vivi, te toca a vos esta vez –Susana dirigía la batuta.


(El final en el próximo capítulo de... CHASCOMOUSSE)

domingo, 22 de mayo de 2011

The Surreal Life

No sabés a quién corno votar?

Ningún candidato te convence?

Estás cansado de meter una feta de fiambrín en la urna?

Aquí, una sugerencia para que vuelvas a tener fe en la política...


domingo, 1 de mayo de 2011

La fanática del new age

Llega un momento en la vida de la mujer en que la gravedad comienza a surtir sus efectos, y esa cola de manzana newtoniana comienza a rodar barranca abajo, transformando su cuerpo en una masa amorfa parecida a una croqueta de acelga. Generalmente, cuando esto sucede toma conciencia que años sentada frente al televisor mirando a Facho Aviles, comiendo "faturas" y tomando mate con amigas no le ha dejado más que una busarda de oficinista y algunas neuronas bloqueadas por el exceso de glucosa y grasas saturadas. Es entonces cuando comienza a sentir eso que no puede describir, algo profundo que en un primer momento confunde con gases, aprovisionándose de activia. Si hubiera invertido al menos unos momentos en leer tan sólo el diario (los chistes no cuentan) en vez de interiorizarse en la vida y obra del imitador de The Narvaez, podría traducir su sensación en palabras, y hablarnos de un vacío, de angustia existencial. Es entonces cuando comienza a recuperar el tiempo, reventando la tarjeta de crédito de su marido separado en una de esas librerías para gente que no lee, llenando el changuito de libros de Osho, Coehlo, Deepak Chopra, Stamateas, la mujer de Stamateas, Sai Baba, Dan Brown, y lo peor de todo... The Secret (gritos de horror).
Hasta este momento, sólo sería una cuerentona más en busca de la paz espiritual (eso sí, que venga rápido y fácil, como las recetas de Choly), pero en algún momento (probablemente esperando a los "chicos" en la puerta del colegio, con el auto en doble fila bloqueando la rampa para discapacitados) se cruzará con algún otro especímen como ella, que le dirá que empiece yoga, multiplicando en ese preciso instante la pelotudez humana con la velocidad de un estornudo. Será entonces cuando como en una película de Roger Corman, comenzará a mutar en una verdadera new age, necesitando cada vez más (podría leer "El libro de las mutaciones", pero es muy largo y viene sin dibujitos). No se contentará con haber haber logrado milagrosamente la flor de loto luego de años de sedentarismo, en los cuales el máximo esfuerzo era tener que estirarse para alcanzar la lata de salsa de tomate lista en la góndola del supermercado. No señor. Irá por más, y comenzará a visitar homeópatas, tomar yuyos, transformarse en vegana, llenar su casa de velas e inciensos, y practicar sexo tántrico, esa mentira practicada sólo por ella, los impotentes y Sting. Pueden ser reconocidas fácilmente en un grupo, ya que ante el mínimo inconveniente (nos cortaron el gas, nos quedamos sin mayonesa, se nos cayó la pelota en lo del vecino) nos repetirá su haiku favorito: "por qué no te haces un estudio de aura?".
Para no ser tildados de machistas, existe una variante masculina de este curioso grupo. Por lo general tiene entre cuarenta y sesenta años y trabaja en una oficina. Tiene el coeficiente intelectual de una ameba, lo cual compensa con una capacidad de lobby envidiada hasta por Coty Nosiglia. Llegó a gerente luego de años de una paciente espera, matizada con elucubraciones y serruchadas de piso. Dedicó toda su juventud a proferirse un estilo de vida absolutamente licencioso, pleno de drogas, sexo, alcohol y reviente que dejarían al Bambino Veira como un amish. Pero gracias a una "revelación" (traducción: un accidente cerebro vascular, un infarto, etc.) generó un cambio rotundo en su estilo de vida, abandonando cualquier tipo de sustancia que sea más nociva que el agua mineral, intentando convencernos de las bondades del cambio, cual heroinómano recuperado. A no engañarse: es todo una fachada. Probablemente sea una nueva estrategia para levantarse minas en su clase de danza expresiva, o una forma de congraciarse con un superior y así conseguir un nuevo ascenso regional. De modo tal que los libros de autoyuda, la medicina ayurveda, su pulsera power blance (!) y la redecoración de la oficina siguiendo los preceptos del feng shui sólo servirán para disimular lo detestable que es: una mierda de persona, corrupta, cagadora y egoísta, pero con un aura balanceada.

lunes, 11 de abril de 2011

Pero jugaba de dos


En general, cuando el celular de Hernán sonaba, era para alguna pelotudez. Nunca nada importante, nada significativo. Pero la llamada que interrumpió su lectura, mientras se aplastaba contra el asiento y la ventanilla del colectivo para que la panza de un tipo no le tocara la cara, lo angustió. Lo arrancó del presente por unos pocos segundos, y lo hizo recorrer sus días de alumno del secundario, que habían quedado atrás, sepultados por una avalancha de dos décadas y monedas.

-No te lo puedo creer, Narigón, no te lo puedo creer. Pero, ¿estaba enfermo?

-No, boludo. Bah, ¿qué sé yo? Dijo eso la hermana. Venía caminando por la calle y a la mierda. Se cayó muerto, ahí, por donde vivía él.

-Pero, la puta que lo parió… -Hernán se quedó en silencio, pensando en el Anaconda. Habían sido muy amigos en sus años de colegio, e incluso durante los primeros después del egreso. Pero el tiempo y la entropía son meticulosos, y trabajan en equipo para separar los caminos de la gente. -Deben haber pasado más de diez años desde la última vez que lo vi, Narigón.

-Sí, la verdad que yo no sabía nada de su vida. Parece que la hermana encontró la agenda del Anaconda, y llamó a la casa de mi vieja, ¿viste? Ella me avisó al celular. Dice que estaba destrozada la pobre mina.

-Uh, boludo, ¿cómo se llamaba la hermana? –Hernán también la recordó a ella.

-Romina –contestó seco el Narigón Ramírez.

-Romina –volvió a pensar en ella-. Romina… qué pedazo de mina, por favor. Me acuerdo como si fuera ayer cuando le tocaste el culo y te rompió la trompa de un bife.

-Qué papelón, mamita –el Narigón todavía se avergonzaba al recordar aquel día. Se avergonzaba, pero estaba seguro de que había valido la pena por el etéreo y fugaz contacto con su cuerpo.

-Un caramelo –dijo Hernán, recordándola entera.

-Un caramelo –corroboró.

-Si sigue teniendo esas tetas…

-¡Pará un poco, boludo! –el Narigón se acordó del motivo de la llamada y lo bajó a tierra-. Se murió Guillermo, Hernán. Se nos fue el Anaconda –se quebró un poco.

-Puta madre, che. El Anaconda. Qué tipo leal, macanudo.

-Un tipazo. De los que no hay.

-Terrible, terrible. Bueno, ¿cómo hacemos con el velorio?

-Es a las cuatro en Casa Pierona. Caemos a las cinco, si te parece.

-Dale, dale. Tipo cinco estoy en la puerta. ¿Le aviso a alguno de los chicos?

-No, dejá. Ahora llamo yo y que hagan cadena. Puta madre, se murió el Anaconda, Hernán.

-Puta madre –y cortó.

El abrazo que el Narigón Ramírez le dio en la puerta de la sala velatoria fue de sincera compunción. No se veía mucha gente entrando y saliendo. Desde la esquina llegaba caminando el Cojo Zaballo. Tardó un rato en llegar, porque una de sus piernas era más corta que la otra. Los restantes ex compañeros estaban ocupados con sus vidas. Con sus familias, con sus trabajos, con sus rutinas. No podrían acudir a esa última visita a Guillermo.

-¡Qué mierda! –les dijo el Cojo-. ¡Qué mierda la vida! Hay que disfrutar, muchachos, que después uno va caminando por la calle y caga fuego sin darse cuenta.

-Tranquilo, Cojito, tranquilo –lo consoló el Narigón Ramírez-. No sirve de nada amargarse.

-Pero, ¿ustedes se acuerdan, muchachos? –el Cojo Zaballo estaba indignado-. ¿Se acuerdan o no se acuerdan de lo que era el Anaconda cuando salíamos de pendejos? No chupaba, no fumaba. ¡Creo que ni cogía!

-Iba a misa todos los domingos –agregó Hernán, asintiendo.

-Iba a misa todos los domingos –asintió el Cojo-. ¡Todos los putos domingos, iba a misa! Le sacaba la grasita al asado. Decíme vos, ¿para qué? ¿De qué le sirvió? De nada, muchachos, de nada.

-Es verdad, se cuidaba mucho. Por lo del deporte y eso.

-Yo hacía como diez años que no tenía noticias de él –les hizo saber el Cojo.

-Sí, nosotros estamos en la misma, Cojito. Igual que vos, estamos –le dijo el Narigón.

-Qué buen pibe, el Anaconda.

-Un tipo divino.

-Siempre lo quise mucho, yo. Siempre.

-Tan leal. Tan compañero.

-Un tipazo. La verdad que un tipazo.

-Che, ¿y el resto? –quiso saber el Cojo.

-Nadie pudo venir.

-¡Qué mal, loco! ¿Cómo puede ser?

-Están cambiados los muchachos. Eso es lo que pasa. Pasó el tiempo.

-Mirálo a Marianito. ¿Te acordás que se quería ir a vivir a Cuba ni bien terminara el colegio? –Hernán quiso dar un ejemplo-. Y ahí lo tenés. Tiene una franquicia de McDonald´s en pleno centro de Capital. La gente cambia, Cojito. La gente cambia.

-Marisa Larralde, la ecologista –el Narigón también tenía un caso ilustrativo-. La de las campañas para limpiar las plazas, las rifas para juntar guita para salvar a las ballenas y la mar en coche. Me la crucé el otro día en el consultorio del dentista. Tenía un tapado de piel que parecía la vieja de los ciento un dálmatas. ¿Cómo se llamaba? La canosa.

-Glenn Close –dijo el Cojo Zaballo.

-El personaje, no la actriz, pelotudo.

-Cruella de Vil –Hernán miraba películas infantiles todas las noches, antes de irse a dormir.

-¡Esa! –festejó el Narigón-. Cruella de Vil. Glenn Close me dice el pelotudo…

-Dale, entremos –Hernán los apuró, abriéndoles la puerta del lugar. El olor a desinfectante y flores tristes arremetió contra ellos en el acto.

-¿Cómo se llamaba la hermana del Anaconda? –el Cojo también la recordaba con cariño.

-Romina –contestaron los dos a la vez.

-Romina, Romina –parecía estar leyendo una poesía-.Qué pedazo de mina esa Romina, por favor. Tantas le he dedicado… Tantas. ¿Te acordás que te dejó de hablar porque le tocaste el culo, Nariz?

-Un poco de respeto, por favor –el Narigón, serio, volvía a llevar las riendas de la situación-. Que tendrá dos buenas tetas, pero es la hermana del difunto, che.

Entraron, en silencio. La muerte hace callar a los vivos que la rodean.

-¿Romina? –preguntó el Cojo a la mujer que lloraba cerca de la entrada de la sala. Seguía estando increíblemente buena. Las tetas de siempre, la cinturita de una piba, y ese culo que al pasar hacía entrar en órbita a las miradas distraídas, como los planetas atrapan a sus lunas. Ese culo que hubiese podido ser musa única de los más dotados pintores y músicos. Ese culo faraónico, divino, celestial. Ese ojete que rajaba las baldosas.

-Hola, chicos –dijo, entre sollozos-. Tantos años. Qué bueno que pudieron…

No logró terminar de hablar, y se quebró ante los tres amigos. El Narigón Ramírez no lo dudó un segundo y la abrazó fuerte para contenerla. Ella temblaba y lloraba con desesperación.

-Tranquila Rominita, tranquila –le acariciaba la espalda y le besaba la cabeza-. Lo importante ahora es que estemos bien unidos. Bien unidos. Así lo hubiese querido tu hermano.

Se quedaron un rato parados cerca de la puerta. A unos metros se veía el costado del cajón abierto, donde los restos de Guillermo, el Anaconda, reposaban sin saberlo. Romina pidió disculpas, y se alejó a contener a otros familiares. Había poca gente en el lugar. No eran más de doce o quince personas, desparramadas. Los tres amigos aceptaron las tazas de café que un empleado les alcanzó. Lo bebieron lentamente, estirando en vano el momento decisivo; el momento de acercarse al envase vacío del Anaconda para el último adiós.

El primero, el más valiente, como no podía ser de otra manera, fue el Narigón Ramírez. Caminó decidido, o al menos aparentando decisión. Se paró en seco al llegar al cajón abierto y contemplar su contenido.

-No puede ser –dijo. Y se desmayó.

Romina y un primo hermano del difunto intentaban reanimar al narigón que seguía tirado en el piso, mientras Hernán y el Cojo Zaballo contemplaban lo que quedaba de su amigo de la infancia, de su compañero de aventuras juveniles. Guillermo. El Anaconda.

-Tiene tetas –fue lo poco que atinó a decir Hernán, y no pudo hablar más.

-No es –el Cojo negaba lo obvio, lo evidente-. No puede ser. No es el Anaconda. Me lo cambiaron al Anaconda.

El Narigón tardó, pero logró incorporarse. Se sujetó de los hombros de los otros dos y miró el cajón, concentrado.

-Es él –dijo, mirando los restos del travesti-. Es el Anaconda, mirálo bien. Tiene la misma cara.

-Pero tiene tetas –volvió a decir Hernán, y perdió el habla nuevamente.

-Y pelo largo –agregó el Cojo, sin parar de negar con la cabeza-. No puede ser. Está rubia.

-Rubio –dijo Hernán.

-Rubia. Es un traba, Hernán –la mente del Narigón terminó de convencerse-. Aceptálo.

-Es un traba –dijo el Cojo-. El Anaconda era traba. No lo puedo creer.

-Pero mirá la cara de macho que tiene el hijo de puta –Hernán estaba esperando que todo fuese una joda.

-Pensé que sabían… -Romina estaba anonadada-. ¿Cuánto tiempo hace que no se ven?

-Como diez años, Romi –el Narigón se sobrepuso al impacto de ver a su amigo con tetas y pelo largo y se concentró en su hermana-. Diez años o más. Es la vida, que separa a los que se quieren. Es cruel-. La abrazó otra vez, suspirando y acariciándole la espalda.

-Tiene tetas –Hernán volvía a su trance-. Está maquillado.

-Se llamaba Julieta –lloró su hermana.

-No, se llamaba Guillermo –el Cojo parecía enojado.

-Ya nadie le decía así –Romina le tuvo paciencia, era un momento difícil-. Se llamaba Julieta.

-¡Pero jugaba de dos! –el Cojo temblaba, aferrado al borde del cajón. No podía creer lo que veía-. ¡Jugaba de dos!

-Perdonen, chicos. La verdad que pensé que se seguían viendo. Pensé que sabían todo.

-Tranquila Rominita, tranquila –el Narigón la contenía con notable convicción-. Decíme una cosa, ¿los pechos son de verdad, o se las armaron acá para velarlo… velarla?

-No, no. Se operó hace como siete años, ya –Romina sonrío con añoranza-. Estaba tan feliz…

-Me imagino –el Narigón quería caer bien parado. No podía dejarla pasar-. Hay que admitir que es un lindo travesti. ¿No, muchachos? ¿No le queda lindo el vestido? Porque hay trabas y trabas, eh.

-El Anaconda tiene tetas –Hernán negaba con la cabeza sin dejar de mirar el cadáver de su amigo-. No lo puedo creer, tiene tetas.

-Gracias –le dijo Romina al Narigón-. La verdad que hasta ayer estaba radiante. Ahora la ves pálida, pero… -rompió a llorar, otra vez.

-Tranquila Romi, tranquila –la abrazó de nuevo-. Me imagino. Me imagino lo linda que estaba Guillermo.

-Estaba hermosa. Tan llena de vida –la voz le salía entrecortada por el llanto y la respiración agitada.

-Te digo más. Es uno de los travestis más lindos que vi en mi vida –el Narigón tenía una forma de decir las cosas que lo hacían prácticamente inimputable-. Siempre tuvo esa carita de angelito, Guillermo, ¿viste? Me acuerdo ahora de mi vieja, pobre, que lo miraba de chiquito y me decía que de haber nacido nena hubiese sido una muñequita.

-¿De verdad? –preguntó Romina-. ¿Eso te decía tu mamá?

-Te lo juro –mintió el Narigón, convenciéndose de que se trataba de una mentira blanca y de un propósito válido-. Siempre lo decía. Ahora deben estar las dos, mamá y Guillermo…

-Julieta –corrigió Romina.

-…mamá y Julieta. Tomando el té…

-Odiaba el té.

-…tomando unos mate, en una nubecita. Mirando para abajo y cuidándonos. Mi vieja debe estar contenta, porque tu hermano ahora sí es una muñeca. Mi vieja tenía razón.

-Gracias, Marcelo, de verdad –le dijo mirándolo a los ojos.

-De nada Rominita. Y ya podés decirme Narigón. Después de tantos años de relación creo que tenemos la confianza suficiente. O podés decirme Nari.

-Gracias, Nari.

-De nada, Rominita. ¿Para qué estamos los seres queridos? Para acompañarnos mutuamente.

-El Anaconda tiene tetas, boludo –le dijo Hernán al Cojo Zaballo-. Tiene tetas.

-El Anaconda tiene tetas –corroboró el Cojo, mientras seguía negando incrédulo con al cabeza.

-Y decíme una cosa, Romi –el Narigón Ramírez juntó coraje y preguntó lo que todos querían saber-. El… coso, digamos. Ya sabés.

-No te entiendo, Marcelo.

-Vos sabés. La… ¿Todavía tiene?

-¿Qué cosa? –Romina tardaba en entender porque había tomado una pastilla para calmarse antes del velorio.

-Pito, Romina –no encontró mejor forma de llamarlo-. ¿Tiene pito o se lo sacaron?

-Nunca se hizo el cambio de sexo. No se animaba y era mucha guita, además.

-Me imagino, me imagino.

-No lo puedo creer –Hernán no sabía que le esperaban tres largos años de psicoterapia por culpa de aquella necrológica imagen-. Tiene tetas. El Anaconda tiene tetas, boludo.

-Que en paz descanse –logró decir el Cojo. Luego miró a Romina a los ojos, y le tomó los hombros-. Te acompaño en el sentimiento –y se fue a esperar afuera rengueando.

-Lo quería mucho a tu hermano –le dijo Hernán, cuando logró dejar de pensar, al menos por un par de minutos, en las tetas de Guillermo-. Me dejó un montón de buenos recuerdos antes de pasar a mejor vida –y se fue a esperar afuera sin renguear.

-Te vamos a extrañar, Guillermito –el Narigón le tocó la mano, pero la soltó rápido al notar las uñas largas pintadas de rojo. Lo impresionaron, pero trató de disimular. Volvió a observar a Romina. Hizo fuerza para mirarla a los ojos-. Romi, no estés sola en este momento de dolor. Sabés que contás conmigo.

-Gracias, Marcelo.

-Decíme Nari, decíme Nari.

-Bueno. Gracias, Nari.

-De nada, Romi.

-Te están esperando tus amigos afuera. La verdad, son unos irrespetuosos –Romina ya no lloraba. Parecía enojada.

-Entendélos, Romi. No es fácil. Tu hermano siempre fue uno de nosotros, uno más. Tu hermano se ha quedado a dormir en nuestras casas. Ha salido de joda con el grupo. Ha compartido vestuarios –suspiró, incrédulo al recordar tantas cosas sobre Guillermo-. Romina, tu hermano jugaba de dos. ¡Jugaba de dos, y ahora se llama Julieta!

-De todas maneras. Son unos irrespetuosos –lloriqueó un poco.

-Es chocante para ellos verlo así, después de tanto tiempo. Entendélos.

-Vos sos distinto. Vos maduraste, Marcelo.

-No te creas, Romi. A veces me siento un pibe…

-Gracias, Marcelo. Gracias por haber venido.

-De nada, Romi. Para eso estamos los seres queridos. Te dejo tranquila ahora, con la familia.

-Dale. Tengo que ir a acompañar un poco al resto.

-Andá, andá tranquila –al Narigón se le escapaba el tren. Tenía que actuar-. Si querés podemos ir a tomar algo, un día de estos.

-Mirá, no sé –Romina no se esperaba la propuesta. Menos al lado del cadáver de su hermano travesti-. No me parece momento para decirte ahora…

-Pensálo, pensálo tranquila. Sabés que estoy acá, dispuesto a acompañarte en estos días dolorosos que te toca atravesar.

Ella lo saludó con un beso en el cachete y se dio vuelta para irse. El tiempo se detuvo. No fue una sensación del Narigón, realmente todo pasaba lento ante sus ojos. El culo de Romina parecía dilatar el tiempo y el espacio a su alrededor. Dio el primer paso muy, muy lentamente. El Narigón Ramírez se retorcía para mantenerse bajo control. Era muy difícil. El culo de Romina parecía ir contra las leyes del universo y se había puesto mejor con el paso de los años. Trató de concentrarse en el cadáver de su amigo. Se le hacía cada vez más difícil. Pensaba en cosas desagradables para controlarse. ‘Guillermo tiene tetas y está muerto, Guillermo tiene tetas y está muerto’. Nada. No podía dejar de mirarle el culo a Romina. Ella dio otro paso, lento, el tiempo seguía dilatándose alrededor de su cintura. La mano derecha del Narigón comenzó a moverse, independiente. No le hacía caso a su mente. ‘El Anaconda es trabuco, el Anaconda es trabuco’, seguía pensando en cosas desagradables. Era en vano. La mano se acercaba. Estaba cerca. Romina se escapaba. ‘Guillermo tiene pija, tetas y peluca rubia’, ya casi no podía pensar en cosas desagradables. ‘Guillermo tiene…’, falló. La mano estaba al lado del monumental ojete de la hermana de su amigo muerto. La historia, cíclica, se asomaba al borde del abismo de la repetición. Se aseguró de disfrutarlo, sin medir consecuencias, y le tocó el culo como si fuera el día del juicio final. Se lo agarró con ganas, con la vehemencia que acarrean las cuentas pendientes, mientras le pedía perdón en voz alta.

-¿Pero vos estás loco? –Hernán lo miraba incrédulo.

-Valió la pena, Hernán. Te juro que valió la pena –el Narigón sonreía como un niño. Se le estaba hinchando un ojo por la piña que Romina le había pegado casi en el mismo instante en que su mano atacaba.

-Pero era el velorio del hermano, Narigón –Hernán seguía anonadado-. ¿Estás loco?

-¿Vos viste cómo movía el culo? Hasta me apoyaba las tetas cuando me abrazaba. Lo hacen a propósito las minas eso, Hernán. Todo a propósito.

-Vos la abrazabas a ella –lo corrigió el Cojo.

-Es lo mismo, Cojito –el Narigón tenía los ojos llorosos, pero enamorados-. Romina. Qué minón, por favor.

-El Anaconda tiene tetas –Hernán estaba mejor. El aire fresco en la cara lo había hecho aceptar la idea.

-No lo puedo creer –el Cojo seguía indignado-. Guillermo se nos hizo traba.

-Qué desperdicio, ¿no? Semejante trozo que tenía colgando.

-Al pedo –agregó Hernán-. Al recontra pedo.

-Dios le da dientes al que no tiene pan –dijo el Cojo, mientras trataba de prender un pucho.

-Al revés, pelotudo –le dijo el Narigón.

Miró el cigarrillo. Estaba al derecho.

-Al revés la frase, no el cigarrillo –le dijo Hernán.

-¿Qué frase? –preguntó el Cojo.

-Dejálo, es un pelotudo –el Narigón se resignó-. ¿Vamos a tomar un cafecito?

-El Anaconda… -suspiró el Cojo y arrancó a caminar, porque iba más despacio que el resto.

-El Anaconda… -suspiró el Narigón y lo siguió, pensativo.

-El Anaconda… -suspiró Hernán y se unió a la retirada-. Igual, bien, lo que se dice bien, nunca me cayó. Siempre fue medio raro. ¿No?

-Sí, la verdad que yo me le acerqué por la hermana.

-Tenés razón. Siempre me pareció pedante y aburrido, pero nunca dije nada. Un tipo raro el Anaconda ese.

domingo, 20 de marzo de 2011

El fundamentalista del fitness

Ante la falta de pedidos del público, decidimos renovar el blog con otra publicación de tono igualmente insidioso. El tema que nos ocupa en este posteo es el del grupo social cuya finalidad en esta vida no es otra que hacernos sentir culpables. No, no se trata de las madres napolitanas ni mucho menos de las yddishe momme. Son los fanáticos del fitness, esos militantes del ejercicio que nos hacen parecer amebas cada vez que nos pasan zumbando en la costa.
Un análisis simplista podría llegar a confundirlos con el verdadero deportista, aquel que aunque Canal 79 pronostique tsunamis (e incluso le llegue a acertar) sale a entrenarse con sus zapatillas gastadas a pura transpiración. No, el fundamentalista del fitness no lo hace por convicción, lo hace simplemente para ser visto haciendo que hace deporte. Vendría a ser la antítesis de esa gaseosa lima limón, reformulando su slogan al grito de "la imágen es todo, la sed es nada". Una vertiente peligrosa de esta especie se percibe cada vez con mayor notoriedad en los recitales de rock, en los cuales resulta más importante grabar un video en primera persona "para subirlo al face" que disfrutar los incomparables hematomas de un pogo hecho y derecho.
Lo primordial para el fundamentalista es la vestimenta: es imposible verlos trotando en jogging y una remera desteñida con la leyenda "Las Toninas 97". Never de never! Un equipo medianamente decente sería:
-zapatillas de marca con amortiguación, cuenta vueltas y freno a disco
-remera dri fit (a ver si encima nos sacan una foto transpirados)
-calzas
-gorrita Nike (en su defecto, imitación bien hecha del bolishopping)
-adminículo para mp3
-mp3 con música "pilas"
-Costo aproximado: $1500
-Quedarse en casa engordando frente al televisor: no tiene precio

Justamente esa sea la principal molestia que causan: tienen la imperiosa necesidad de hacernos sentir mal; no se conforman con comprarse los aparatos de electrodos y usarlos mientras planchan, ellos tienen que salir a demostrarnos nuestra falta de voluntad, vagancia, flaccidez. Ok, somos así, pero al menos no hacemos apología de eso! En cualquier instante uno puede pisar una baldosa floja y cruzarse con alguno de ellos, el cual nos hablará de las bondades de su estilo de vida, de lo "lleno de energía que se siente", y del suceso que lo motivó a "hacer un click" o frases igualmente pelotudas pronunciadas por el profeta Ari Paluch. Acto seguido, nos dejará balbuceando para ir a "hidratarse", porque la superioridad racial les impide tomar agua como cualquier fulano. Ellos deben reponer sales minerales, con lo cual reemplazan la vieja y querida botellita de plástico recargada con agua de la canilla finamente envasada por cualquier bebida finalizada en "ade" (ahora hay hasta caramelos!). Es notable la influencia que la publicidad tiene sobre sus mentes atrofiadas: basta con verlos tomar del pico con esa pose de "podría estar jugando en la NBA pero no quise" para comprobarlo: hasta el hilo de baba es ergonómicamente pefecto.
Llevan su militancia  a otros campos, de modo tal que no es extraño ver alguno de estos especímenes parados en la puerta del colegio esperando a sus chicos, ataviados con su ropa de fitness, como si hubieran hecho un alto en su entrenamiento para escalar el Himalaya, solo a los fines tener una existencia más mundana por unos segundos. "La vida es eso que pasamos por al lado mientras hacemos fitness" sería su frase de cabecera si pudieran formular oraciones bimembres que no contuvieran las palabras "footing", "10k" y "gym".
Son fácilmente reconocibles en cualquier ámbito de nuestra vida cotidiana. Así, cuando estamos en un kiosco haciendo la cola para abonar nuestra bolsa de papas fritas, gaseosa y su correspondiente alfajor triple de postre, ellos hacen gala de sus genes superiores, llevando una barrita de cereales dietética, lógicamente, para reponer energías;  y no conformes con esto, nos brindan una mirada condescendiente como si tuviéramos un tumor en la frente y dicen con amabilidad impostada mientras el kiosquero comparte generosamente su mal humor con nosotros: "estaba él primero". Es que el fitness way of life los obliga a ser superiores. Otro ejemplo clásico suele darse en el supermercado, cuando casi como simulando un semáforo, nos invita a correr una picada (la única que conocerá en su vida) calórica entre changuitos, comparando el suyo (yogurt descremado, pan de salvado, actimel, aguas saborizadas, alguna milanesita de soja y el permitido: un postrecito ser que dice tener sabor a chocolate) con el nuestro (balanceado a base de carne, mayonesa, gaseosa, leberwurst, salchichas y papas).
Puede vérselos ocasionalmente en restaurantes, en los cuales son adorados especialmente por sus dueños, al pagar precios irrisorios por ensaladas con lechuga cansada (reformulada como rúcula), queso parmesano (sardo y gracias) y tomate (cherry, obvio). Tampoco faltan en cualquier reunión, en la cual ante la primera ronda de facturas fruncirán su ceño, no tanto por asco, sino más por los esfuerzos mentales que le suponen memorizar las enseñanzas del Dr. Ravenna.
Personalmente, debo confesarlo, lo que más me provoca rechazo es su devoción por salir a correr los domingos a la mañana. Hasta Dios descansó un domingo! De este modo, no es raro en temporada estival cruzárselos haciendo gala de su capacidad aeróbica, mientras uno hace esfuerzos sobrehumanos por impulsar un pie delante del otro antes de caer víctima de un coma etílico. Se que probablemente vivan más que uno, pero prefiero morir arrollado por una napolitana a caballo antes que pasarme los días leyendo tablitas de contenido calórico.

domingo, 20 de febrero de 2011

El turista

Cuando por cualquier motivo uno mencione que vive frente al mar, recibirá como réplica automática de su interlocutor la siguiente frase, acompañada de su respectivo suspiro inicial: "ay, qué lindo ver el mar todos los días!". Quien pronuncia esta frase, no lo hace porque posea una capacidad contemplativa y una sensibilidad superior a la media, sino por mera vagancia intelectual, lo cual demuestra que para una inmensa mayoría, es más fácil comer sin sal que evitar el lugar común (bueno sería que alguien lo señalizara, de modo que los idiotas no tuvieran que sobrecargar sus neuronas buscándolo).
Lo irónico es que la peor época para vivir frente al mar son justamente los meses en los cuales uno más debería disfrutarlo: el verano, la temporada que la gente espera con ansias durante todo el año, y que pasa tan rápido como un día feriado, sin que uno llegue a saborearla. Esa época en que las calles se llenan de promotoras, el olor a hawaian tropic invade nuestras fosas nasales y el mal gusto se apodera de las calles. Nunca entendí por qué uno TIENE que estar contento y feliz, sólo porque es verano y "hay que pasarla bien". Tal vez sea un exceso de Robert Smith durante la adolescencia, o simplemente amargura congénita, pero cada vez que alguien pronuncia la frase "qué bueno que llegó el verano" no puedo evitar las arcadas y un dolor de estómago similar al provocado por engullir catorce berlinesas en mal estado.
Lo peor es que, no conformes con pronunciar estas frases, la gente las acompaña con (ay) "música latina", o derivados aún más nocivos, cortesía de los nuevos celulares que nos permiten reproducir música, sacar fotos, cortarnos las uñas y estar siempre conectados, satisfaciendo la necesidad de los usuarios de publicar en facebutt frases trascendentales como "Hoy: siesta!" ( no faltará el boludo que agrave esto haciendo click en "me gusta"). Así, cuando parecía que habíamos alcanzado los límites de la pelotudez humana con Celia Cruz cantando "La vida es una fiesta", Ricardo Montaner (o lo que se esconde debajo de cantidades industriales de botox) amplía los horizontes de la idiotez y compone "Soy feliz", generando ejércitos de subnormales entonándola a coro como un mantra, haciendo que uno prefiera en esos momentos estar encerrado en un monoambiente interno en Villa Carazza.
No todo es negativo, ya que vivir en la costa nos da la posibilidad de disfrutar de figuras internacionales de la talla de Pimpinela, Palega Ortito, Chaqueño Palavecino, Enrique Iglesias, el mencionado Montaner, y hasta darnos el lujo de volver a los noventa con Puma Rodríguez y Mateyko, y sentir que nos damos un chapuzón en el deme dos menemista. Todo esto, sin salir de su balcón, y sólo teniendo que soportar desde las once de la mañana la prueba de sonido con su interminable andanada de "un, dos, subime los graves" sólo para que sintamos que Lucía Galán está dejándonos sordos en el living de nuestra casa con unos decibeles que el mismísimo Brian Johnson envidiaría. Claro, la gente bian de Nuñez se queja de las rajaduras provocadas por la sucesión de recitales en River, pero uno debe soportar a Scioli en plena campaña proselitista, a Andres Cosmai chorreando grasa por el micrófono al grito de "a ver esas palmas!" y tener al Chaqueño Palavecino pegado al hipotálamo porque, lógico, es verano y "hay que pasarla bien".
Pero el terror de todo residente costero se materializa cuando con los primeros calores, esa especie de mito similar al abominable Hombre Das Neves (perdón, de las Nieves) hace su entrada triunfal por la autovía dos: el turista. Rara especie peregrina, trae consigo doce meses de frustraciones, stress y agotamiento, que sólo cambiará por más desilusiones, espectáculos a la gorra, caminatas interminables por la peatonal, y excursiones a los rincones más inhóspitos de la Bristol. Es curioso cómo año tras año el turista se perfecciona en su fino (digamos delgado, que de fino no tiene nada) arte de ejercer esa suerte de piquete ambulante cada vez que camina con su prole por las veredas de la ciudad, obligando a quien no se encuentra de vacaciones a realizar todo tipo de proezas para sortear esos obstáculos insalvables en que resultan sus panzas dignas del Sistema Solar. Al menos tienen la misma coherencia con sus vehículos, manejando agresivamente, encerrando a otros conductores igualmente sacados, descargándose con bocinazos a repetición, demostrando un absoluto desinteres por la vida de los demás, ratificando que los argentinos somos solidarios sólo cuando hay una cámara de televisión de por medio.
Ofrendan su ausencia de pruritos sacándose la remera en cuanto lugar sea posible, a los fines que contemplemos sus adiposidades cuidadosamente desarrolladas a base de pizza y gaseosa cola. No abandonan su esterilla ni para meterse en la ducha, y van en ojotas hasta el cine. Así como los vampiros mueren al clavársele una estaca en el corazón (nuevos estudios sostienen que exponerlos a los rayos catódicos de la programación estival produciría los mismos efectos), sospecho que el turista vería imposibilitada su existencia en caso de clausurarse sus dos templos predilectos: la Fiambrería y la Rotisería. Ambos antros subsisten gracias al apetito desinteresado del turista, quien durante su estadía en la ciudad entroniza al fiambrín y las rabas (claro, estamos frente a la costa) como la base fundamental de su pirámide alimenticia, ignorando que la última vez que cambiaron el aceite de la freidora en esos recintos de dudosa reputación, eran tiempos en que Alfonsín (padre) nos deseaba Felices Pascuas.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Pancho Ibáñez revelador: 'Me obligaban a dejarme el bigote'


El exitoso conductor de televisión estuvo metido en la pelopincho de Chascomousse y contó apabullantes verdades sobre su último y más reconocido trabajo. Asevera que sus abogados están tomando cartas en el asunto.
"Mi problema fue firmar ese contrato sin leer la letra chica, ¿me entendés?", nos cuenta Pancho, recordando su primera visita a La Serenísima. "Me pusieron los papeles ahí, me apuraron, yo estaba sin laburo".
Al parecer el afamado bigotudo de la voz pulenta habría sido extorsionado y amenazado en reiteradas ocasiones. "Vos no sabés lo que es la mafia tambera, no son ningunos giles los muchachos de la leche", se defiende, en respuesta a las acusaciones de Jorge Rial del lunes pasado, cuando lo acusó de comerse los mocos, en Intrusos. "Yo intenté apretarlos, pero me fue muy difícil"
Ahora que el contrato está terminado, y que la amenaza de los ejecutivos de La Serenísima es de público conocimiento, Pancho Ibáñez se desahoga y cuenta todos los secretos de sus productos.
"¿El Activia?", se ríe por la pregunta, "¿Sabés cómo se fabrica el Activia? Anotá. Agarrás un yogur cualquiera, el más barato. Le ponés dos o tres gotitas de esencia de ciruela, que la venden a dos mangos en cualquier despensa. Lo tirás en un taper a que le dé el sol, directo. Si es verano lo dejás una hora, no más. Si es invierno, qué sé yo, dos horas y media. Listo el pollo, lo enfrías, te lo tomás, y al otro día estás cagando que da calambre". No le tiembla el pulso al declarar, "Eso del Acti Regularis es chamuyo, puro. Y el Elecasei Defensis, o como se llame, minga... Es danonino con dos aspirinetas picaditas. Tengo pruebas".



Cuestión de Actitud



Su imagen siempre fue la del tipo serio, la del caballero argentino. Gran parte de su carrera se debió a esa faceta suya.
"Mirá, yo cuando laburo actúo, ¿entendés, loco?", devela. "Yo hacía humor flashero, tipo Capusotto o el gordo Casero, pero no vendía, así que me dejé crecer el mostacho y salí a ganarme la vida con propagandas y programas serios. El otro día me crucé a Dieguito (Capusotto) y me decía, 'Pancho, Tiempo de Siembra re daba para hacer chistes del faso'. Tenía razón, pero no podía, por contrato", se lamenta el conductor. "Así como me ves, los sábados me junto a tocar la viola con unos amigos; tenemos una banda tributo a Zeppelin. Una avalancha lo que sonamos", canta un pedacito de Black Dog para convencer.
"El tema judicial es por prohibirme el corte de bigote", explica el porqué de su visita a tribunales. "¿Sabés lo que es, haberme fumado durante más de diez años que me gritaran por la calle? ¡Cortáte el bigote, pelotudo! ¡Se te subrayó la napia!", se quiebra al contarlo. Toma agua de la pelopincho, antes de seguir. "Terrible. Sandra, mi psiquiatra, me está ayudando a superarlo".