
(...)
-Dale, Vivi, te toca a vos esta vez –Susana dirigía la batuta.
Viviana no protestó, no había tiempo para eso. Se levantó, abrió la cartera que la vendedora había dejado en el sillón, y fue directo a la billetera. Tomó en sus manos el dinero que había en ella, y lo contó rápidamente.
-¡Setenta pesos! –exclamó decepcionada.
-¿Nada más? Buscá bien. Acordáte dónde tenía la plata escondida la de las cacerolas.
-Si hay monedas son mías, que está difícil conseguir cambio –Nora asomaba la cabeza por atrás del hombro de su amiga para mirar la billetera.
-Dale, buscá la tarjeta del cajero. ¡Dale, que va a volver! –Susana seguía dando órdenes.
-Acá está –mostró Viviana triunfal, tarjeta de débito en mano.- ¿Están listas? Vuelvan a sentarse y…
Se quedó en silencio de repente. Extrajo otra tarjeta de la billetera. Era una credencial.
-Chicas –les mostró, pálida-, miren esto.
La credencial tenía una desmerecida foto de la vendedora. Estaba con el pelo atado y muy seria. Ana Estébez, era su nombre. Agente especial, era su rango. Las letras grandes y negras de la esquina superior derecha no dejaban lugar a dudas. Interpol. La vendedora era una agente encubierta de la Interpol.
-¡Les dije, les dije! –María Inés protestaba, los nervios le jugaban una mala pasada-. Les dije que teníamos que cuidarnos. Después de lo de España, del secuestro al gerente del banco, de las vendedoras a las que les saqueamos los ahorros, ¿cuántas fueron ya? ¿Cien?
-Ciento veintidós, sin contar la de hoy –comentó orgullosa Viviana-. Lo tengo todo anotadito en una libreta donde voy poniendo lo…
-¡Basta! –Susana la hizo callar al instante-. Si pudimos con la del FBI, con esta también podemos. Nos juega a favor el factor sorpresa. Ahora nos sentamos y esperamos a que vuelva. Quiero que esta vez sea prolijo.
No les dio tiempo a reaccionar. La agente de Interpol apareció con aparente calma, apuntando con pulso firme su arma desde la puerta del pasillo.
-Están las cuatro bajo arresto. Tienen derecho a…
-Nena, nena. Me parece que viste muchas películas, vos-. María Inés levantó una mano y se acercó muy poco a ella-. ¿Por qué no agarrás tus cosas y te vas? ¿Eh? Y acá no pasó nada.
-Las manos en la nuca, señora, por favor.
-Nena, ¿vos sabés cómo terminó tu coleguita del FBI? No seas estúpida, ¿querés? Guardá la pistolita y rajá de acá.
-Tienen derecho a… -la agente Estébez se enredaba en sus propias palabras. Había oído hablar de la fama de las Cuatro Abuelas. De su famosa táctica para desorientar, marear y atolondrar a sus víctimas con anécdotas, críticas y opiniones sucesivas, que atolondraban sobremanera y dejaban fuera de combate en pocos minutos. Pero no iba a pasarle a ella. Fueron años de largo entrenamiento. Todo para prepararse para esa tarde. Eran demasiado buenas, eso era cierto. Tal vez las mejores. Habían conseguido que creyera por momentos que era incapaz de cumplir su misión. No había logrado arrestarlas de inmediato en aquella sala, después del breve reconocimiento que sólo había durado veinte segundos. Eran ellas, lo supo ni bien vio sus ojos. Intentó ganar su confianza y tal vez estuvo cerca de lograrlo. Pero esas cuatro ancianas hablaban tanto que no dejaban lugar para los pensamientos y las decisiones rápidas. Estaban ahí, las cuatro, a merced de su arma reglamentaria. Ella mandaba, y debía arrestarlas-… tienen derecho a permanecer en silencio. Todo lo que…
Dos disparos cruzaron la sala de estar de la casa de María Inés. Nora no había perdido un segundo. La primera bala le dio en el medio de la frente a la falsa vendedora. La segunda, justo entre los ojos. Cayó muerta al instante, salpicando sangre y dejando un charco que crecía, con cada segundo que pasaba, sobre las baldosas.
María Inés fue a buscar el trapo de piso sin decir nada. Nora guardó la pistola otra vez bajo los intrincados pliegues de su vestido. Viviana se apuró para quedarse con las monedas, antes de que Nora lo notara.
-Este apto para microondas está lindo, eh. Me lo quedo. Los demás los quemamos con ella, no quiero que queden pruebas. Andá cortándola en cachos, Vivi-. Dijo Susana, y se fue caminando despacito a prender el fuego en la parrilla del patio. Caminaba con cierta dificultad. Esos días de humedad le hacían doler terriblemente las articulaciones.
1 comentario:
jaja, muy bueno el blog. Ahora me dieron ganas de comprar tuppers
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