“Viaja un avión lleno de políticos,
jueces y abogados. De repente se va a pique y explota. ¿Qué pasa?
Se salva el mundo”.
Quizás el chiste resulte exagerado,
pero no es menos cierto que en cuanto uno llega a un asado y dice que
es abogado, automáticamente percibe cómo las achuras
dificultosamente atraviesan raspando las tráqueas de los comensales,
mientras las mujeres se tocan al unísono el pecho izquierdo.
Resulta difícil asegurar que hayan
sido sólo los abogados los causantes del mal en el planeta, pero sí
es cierto que han generado en el mismo un daño sólo comparable con
el hair metal, los pantalones nevados, el huevo playero de Bernardo
Neustadt, los trolls o Mariano Iúdica. Es una raza especial, y como
tal cuenta con sus propias paricularidades. En Argentina es mucho más
probable toparse con un purrete al que le guste el coliflor que con alguien que no sea un letrado. Causa probable de ello quizás sea que cualquier persona
podría recibirse de abogado. Sólo es necesario:
a) paciencia.
b) constancia.
c) acomodo.
d) copiarse eficazmente.
e) tener buen escote y/o culo.
f) hacer buenos petes.
g) en casos extremos, a, b, c, d, e y f
juntos.
Algún lego (persona, no muñequito)
podría pensar que su ámbito natural son los Tribunales. Pero no. Su
hábitat es el café, donde se reúne con otros miembros de su manada
(o bandada, según) a hablar a los gritos y realizar extensas
diátribas sobre complejísimas causas que sólo Stephen Hawking y él
podrían haber resuelto, mientras el resto escucha asintiendo con la
cabeza cual perrito lunetero, mientras piensan si el tostado será
doble o triple o simplemente mirándole el tortero a la camarera. Es que
el verdadero abogado sólo va a Tribunales a las audiencias. El resto
del año, quien va es el pinche, siervo de la gleba que, cual
escritor fantasma, a cambio de alguna oportuna palmadita canina
realiza el trabajo sucio para que su jefe pueda sentarse frente a los
clientes y pronunciar uno de sus hits mitómanos más recurrentes:
“estuve revisando el expediente y...”.
De todos modos, cabe señalar que es en
los pasillos del palacio de justicia donde encontramos las divisiones
inferiores del mal, esto es: los pasantes y jóvenes abogados.
Gracias a ellos, podemos escuchar en las filas grandes conversaciones
en las cuales competirán entre ellos como machos alfa, jactándose
del tendal de nenas que dejan a su paso, quienes ver flaquear sus
bombachas con sólo oler su tarjeta personal. Igualmente, ése es uno
de los pocos momentos sinceros de su vida, poniendo de manifiesto
cuál es la finalidad última de la profesión. Algún desvelado
podría arriesgar cosas tales como el orden y la justicia social, la
reparación del daño o el consuelo de la víctima. Ninguna de esas
paparruchadas: la única finalidad es enterrar el fitito rosa
cuantas veces sea posible y se acabó. Únicamente resultan superados
en el ranking de ensopado de bizcocho por los galenos, quienes
matizan sus guardias transformados en verdaderos expertos en
pinchazos, en el sentido más porceliano de la frase. Esto último
deviene de la naturaleza cuantitativa del abogado puro, quien para
ser el mejor, no debe hacer las demandas más completas, sino las más
extensas; citar la mayor cantidad de jurisprudencia, no la más
pertinente; llevar los expedientes más grandes, aunque sean
inconducentes.
Para no ser tildados de sexistas,
podemos referir que las mujeres abogadas reducen sus charlas a temas
trascendentales tales como carteras, gimnasio y boliches, cada uno de
ellos con sus distintas vertientes igualmente exasperantes, que nos
hacen preferir escuchar un disco de La Mosca hasta que nos sangren los
oídos.
La omnipotencia atávica del abogado
puro lo lleva a pretender saberlo todo, desde lo que debería
dictaminar el perito calígrafo o contador hasta el ciclo de
reproducción del armadillo australiano. Existe entre ellos una
subespecie aún más enfermiza, que goza orgiásticamente recitando
artículos del Código Civil de memoria, lo cual tiene el mismo
mérito igualmente fútil que memorizar la guía telefónica. Lo que
en realidad quieren ocultar, es su falta de bagaje cultural, quedando
ello de manifiesto en la redacción de demandas escalofriantes que
harían ver a Ari Paluch como una suerte de nuevo Flaubert. Un
recurso siempre eficiente para ello resulta citar alguna máxima en
latín, o peor aún, pronunciarla, con una dicción que convertiría
a Tévez balbuceando monosílabos en inglés en el duque de
Yorkshire.
Pero a no desesperar querido lector. En
el diagrama de Venn del mundo jurídico existe una casta que a pesar
de encontrarse en peligro de extinción, continúa aleteando contra
la corriente: el abogado impuro. Son ellos los que valen la pena. Fácilmente diferenciable por
conservar ciertos ideales alejados del mercantilimo y preferir ver
una buena película en el cine antes que leer un voto en disidencia
de un fallo contencioso administrativo de la Cámara de Las Toninas,
elección completamente aberrante para un abogado puro. Ya eran impuros
antes de ingresar en la facultad; y si lograron no salir despavoridos
ante el concreto riesgo lobotomizante que implica soportar la
soporífera sintáxis de un Manual de Obligaciones, saldrán
fortalecidos de la experiencia.
A pesar de lo anterior, debe remarcarse
que tarde o temprano, toda persona deberá consultar algún miembro de esta especie
(difícilmente alguien se vea ante la imperiosa necesidad de requerir
un diseñador gráfico). Es por ello, estimado lector, que siempre es
bueno tener un amigo abogado. Queda Ud. debidamente notificado.-
http://www.eblog.com.ar/2546/grandes-fotos-del-periodismo-argentino/