Finalmente, luego de más amagues de
los que hizo el Burrito Ortega en su carrera (en el fútbol; con el
auto se sabe que le apunta a los postes), el domingo pasado Riquelme
anunció su retiro definitivo del fútbol. Algún malintencionado
podría aseverar que este hecho se había producido con antelación
(su retiro del fútbol, no el anuncio), teniendo en consideración
sus últimos desempeños dentro de un cuadrilátero de césped.
También es cierto que, citando al filósofo televisivo Pagani,
Riquelme en una pierna es más que el ochenta por ciento de los
corredores de primera división.
En estos días muchos cayeron en el
lugar común (del cual nunca se levantaron) de aseverar que con él
se retiraba el último “diez”, lo que resulta una falacia, al
menos con Aimar y Romagnoli en medio de sus últimos estertores. De
todos modos, considerar que los enganches se tratan de una especie en
vías de extinción, como los pandas, las tortugas marinas y los
peronistas honestos, es cuanto menos una arbitrariedad. Creer que el
sujeto que juega en dicha posición es una suerte de iluminado, de
enviado del Señor, es digno de aquellos que para definir las
características de juego de un sujeto lacónicamente repiten como un
mantra: es “zurdo”, como si esa única característica lo
transformara en una especie de superdotado. Mauro Laspada y su zurda
prodigiosa tiran por el suelo dicha teoría. El programa “De
zurda”, con Maradona y sus análisis catatónicos, refuerzan lo
dicho.
Riquelme debutó en primera división
durante la senectud del menemismo, en simultáneo con un personaje
homónimo que hacía Toti Ciliberto en el lobotomizante programa del
comeafajores Marcelo. Ya desde sus primeros partidos, cualquier
argentino con una capacidad de análisis superior a la de Marcelo
Palacios (estudios de la Universidad de Michigan, Paraguay, afirman
que aproximadamente 39,9 millones de personas) notaba que este
muchacho jugaba a otro deporte: como un jugador de billar, veía una
bisectriz donde el resto de los mortales verían dos jugadores
rivales.
A los veintiún años, cuando sus
amigos debían estar tomando Fernando en algún antro de Don
Torcuato, él jugaba un partido mítico en Japón ante el Real Madrid
de Figo, Roberto Carlos y ese misterio futbolístico que siempre fue
Michel Salgado. Lamentablemente ese partido significó un punto de
inflexión en su carrera: sirvió para que millones de hinchas
xeneizes mononeuronales lo idolatren, alimentando su ego,
desarrollando lo que se podría definir como la kriptonita
riquelmista: el síndrome achura.
Si bien JR fue vendido al Barcelona, y
luego tuvo un brillante paso por el Villarreal junto con un Forlán a
punto caramelo, fue cultivando, cual humedad que se desarrolla en el
bajomesada, la patología que marcó su carrera. Sabiéndose un
excelente jugador, y habiendo alcanzado un pico de rendimiento
extraordinario para su edad, prefirió refugiarse en el consejo
adulador de su entorno asador antes que hacerle caso a las exigencias
de sus entrenadores. De este modo, con el transcurso del tiempo, sus
berretines fueron desarrollándose exponencialmente, minando lo que
podría haber sido una carrera prodigiosa: se entrenaba cuando tenía
ganas, tomaba mate con el utilero si le apetecía, hacía la
pretemporada sólo si su madre se lo aconsejaba, el pasto estaba
cortado a una altura de 3,4 mm, había una temperatura de entre 23 y
23,1º C, las pecheras de entrenamiento estaban perfumadas con Chanel
Nº 5 (usado por Marilyn, claro) y entre el catering le ponían
gaseosas Teen con alfajores Milkybar. O sea, nunca.
No era un pecho frío, pero eran
necesarias demasiadas condiciones para que tuviera un buen partido,
arrojando un promedio apenas inferior a la frecuencia con la que se
avista el cometa Halley, aproximadamente. Considerando que se trataba
de un muchacho bien alimentado, bien pago, y al cual se le consentían
más caprichos que a Miley Cirus, dicha frecuencia debía ser muy
superior. Probablemente tantas pretensiones llevaran al espectador
promedio a confundir la patología riquelmista con la de aquellos que
necesitan una bolsa de agua caliente en el pecho (cuyo maximo
exponente resulta ser Rodrigo "Por abajo" Palacio"):
JR simplemente jugaba bien cuando tenía ganas. Incluso el hombre
Peker, quien se caracteriza por tener té de tilo corriéndole por
las venas, cansado del síndrome achura y de esperar un pase que lo
hiciera ingresar en la Historia, terminó cambiándolo en el Mundial
2006, para luego volver a casa fruto de la paspadura de cola de
Abbondanzieri.
Sin dudas fue un gran jugador. Aunque
se conformó con menos de lo que indicaba su potencial, le alcanzó
para marcar una diferencia en un fútbol que prioriza el músculo por
sobre la neurona. De todos modos, es el típico jugador que en un
partido de amigos, termina festejando los goles solo mientras el
resto comparte la gaseosa.
