miércoles, 28 de enero de 2015

El síndrome achura

Finalmente, luego de más amagues de los que hizo el Burrito Ortega en su carrera (en el fútbol; con el auto se sabe que le apunta a los postes), el domingo pasado Riquelme anunció su retiro definitivo del fútbol. Algún malintencionado podría aseverar que este hecho se había producido con antelación (su retiro del fútbol, no el anuncio), teniendo en consideración sus últimos desempeños dentro de un cuadrilátero de césped. También es cierto que, citando al filósofo televisivo Pagani, Riquelme en una pierna es más que el ochenta por ciento de los corredores de primera división.
En estos días muchos cayeron en el lugar común (del cual nunca se levantaron) de aseverar que con él se retiraba el último “diez”, lo que resulta una falacia, al menos con Aimar y Romagnoli en medio de sus últimos estertores. De todos modos, considerar que los enganches se tratan de una especie en vías de extinción, como los pandas, las tortugas marinas y los peronistas honestos, es cuanto menos una arbitrariedad. Creer que el sujeto que juega en dicha posición es una suerte de iluminado, de enviado del Señor, es digno de aquellos que para definir las características de juego de un sujeto lacónicamente repiten como un mantra: es “zurdo”, como si esa única característica lo transformara en una especie de superdotado. Mauro Laspada y su zurda prodigiosa tiran por el suelo dicha teoría. El programa “De zurda”, con Maradona y sus análisis catatónicos, refuerzan lo dicho.
Riquelme debutó en primera división durante la senectud del menemismo, en simultáneo con un personaje homónimo que hacía Toti Ciliberto en el lobotomizante programa del comeafajores Marcelo. Ya desde sus primeros partidos, cualquier argentino con una capacidad de análisis superior a la de Marcelo Palacios (estudios de la Universidad de Michigan, Paraguay, afirman que aproximadamente 39,9 millones de personas) notaba que este muchacho jugaba a otro deporte: como un jugador de billar, veía una bisectriz donde el resto de los mortales verían dos jugadores rivales.
A los veintiún años, cuando sus amigos debían estar tomando Fernando en algún antro de Don Torcuato, él jugaba un partido mítico en Japón ante el Real Madrid de Figo, Roberto Carlos y ese misterio futbolístico que siempre fue Michel Salgado. Lamentablemente ese partido significó un punto de inflexión en su carrera: sirvió para que millones de hinchas xeneizes mononeuronales lo idolatren, alimentando su ego, desarrollando lo que se podría definir como la kriptonita riquelmista: el síndrome achura.
Si bien JR fue vendido al Barcelona, y luego tuvo un brillante paso por el Villarreal junto con un Forlán a punto caramelo, fue cultivando, cual humedad que se desarrolla en el bajomesada, la patología que marcó su carrera. Sabiéndose un excelente jugador, y habiendo alcanzado un pico de rendimiento extraordinario para su edad, prefirió refugiarse en el consejo adulador de su entorno asador antes que hacerle caso a las exigencias de sus entrenadores. De este modo, con el transcurso del tiempo, sus berretines fueron desarrollándose exponencialmente, minando lo que podría haber sido una carrera prodigiosa: se entrenaba cuando tenía ganas, tomaba mate con el utilero si le apetecía, hacía la pretemporada sólo si su madre se lo aconsejaba, el pasto estaba cortado a una altura de 3,4 mm, había una temperatura de entre 23 y 23,1º C, las pecheras de entrenamiento estaban perfumadas con Chanel Nº 5 (usado por Marilyn, claro) y entre el catering le ponían gaseosas Teen con alfajores Milkybar. O sea, nunca.
No era un pecho frío, pero eran necesarias demasiadas condiciones para que tuviera un buen partido, arrojando un promedio apenas inferior a la frecuencia con la que se avista el cometa Halley, aproximadamente. Considerando que se trataba de un muchacho bien alimentado, bien pago, y al cual se le consentían más caprichos que a Miley Cirus, dicha frecuencia debía ser muy superior. Probablemente tantas pretensiones llevaran al espectador promedio a confundir la patología riquelmista con la de aquellos que necesitan una bolsa de agua caliente en el pecho (cuyo maximo exponente resulta ser Rodrigo "Por abajo" Palacio"): JR simplemente jugaba bien cuando tenía ganas. Incluso el hombre Peker, quien se caracteriza por tener té de tilo corriéndole por las venas, cansado del síndrome achura y de esperar un pase que lo hiciera ingresar en la Historia, terminó cambiándolo en el Mundial 2006, para luego volver a casa fruto de la paspadura de cola de Abbondanzieri.
Sin dudas fue un gran jugador. Aunque se conformó con menos de lo que indicaba su potencial, le alcanzó para marcar una diferencia en un fútbol que prioriza el músculo por sobre la neurona. De todos modos, es el típico jugador que en un partido de amigos, termina festejando los goles solo mientras el resto comparte la gaseosa.