Cuando uno como espectador televisivo comenzaba a rehabilitarse luego de considerar seriamente destrozar el vidrio del televisor a fuerza de golpes de lóbulo frontal, como consecuencia del efecto lobotomizante producido por la seguidilla inhumana de publicidades de yogurt, calditos, toallitas femeninas, jabón en polvo y más yogurt, sufre los efectos de una profunda recaída, como consecuencia de algo aún peor (si es que existe algo peor que Andino queriéndonos vender queso): los spots políticos.
Si la canasta básica del argentino promedio se basara en las tandas publicitarias, uno llegaría a la extraña conclusión de que para vivir decentemente, alcanza con ir bien de cuerpo, tener las medias blancas, poder hacerse un nudo con el cabello y tener los dientes más blancos que la espalda de un albino en pleno junio. Afortunadamente, cada cuatro años, con el efecto letal de las repeticiones de los mundiales, llega ese momento en que uno deposita inocentemente su sufragio en la urna, cremando al menos por unos instantes su descreimiento en la futilidad de ese noble acto. Pero para llegar hasta ahí, una maquinaria gigantesca de publicistas, asesores, encuestadores, maquilladoras, vestuaristas y dealers debieron realizar numerosos brainstormings para convencernos de que ese candidato que vimos en pantalla, es verdaderamente EL elegido, y no Echarri jugando a ser abogado.
Así es como nos encontramos con "El Alberto", que con su tono campechano de extraterrestre del planeta Xilium (¿remember?) nos promete viviendas para todos (esperemos sean mejores que las de American Psycho Schoklender), y lo que es mejor aún, wi fi libre en todo el país! Eso es progreso. Nada de redistribución de la riqueza, inclusión social, inversión en educación ni ninguna de esas paparruchadas de comunistas trasnochados: todo argentino tiene derecho a navegar gratarola con su Blackberry. Y que los cibers la sigan mamando. Pero cuando uno está a punto de saltar de su sillón, enfervorizado, un corito espantoso al grito de "Rodrííííííguez Saaaaaaa" lo devuelve a la realidad.
Su ex contendiente en esa paparruchada que fueron las internas del "peronismo federal", el inoxidable Edu Duhalde, nos promete que "el sabe" cómo terminar con el narcotráfico (ja), la inseguridad (jaja) y la corrupción (jajaja periódico). Ahora, cómo lo va a hacer resulta un misterio insondable, casi tan grande como por qué el Chino Garcé jugó un Mundial. De todos modos, si consideramos que se trata del hombre que operó para voltear a De la Ruina y luego emerger como el Mesías, démosle algún crédito a su sapiencia. La gran pregunta es, si no tuvo coherencia para cumplir su palabra, al anunciar su retiro definitvo de la política, por qué deberíamos creerle sus promesas?
El caso Carrió resulta cuanto menos curioso. Se trata de una persona incuestionablemente preparada, inteligente y honesta, impulsora de proyectos de leyes notables en el Congreso; incluso, logró superar su período místico y abandonar esos crucifijos que Prince envidiaría. Con estos antecedentes, uno supondría que se trata de un adversario de peso, con el pinet necesario para pelear cualquier elección; lamentablemente, como consecuencia de su constante tendencia petardista, sumado a un ego que le impide aliarse con cualquier otro político que intente opacarla, devino en un personaje más cercano a Guillermo Nimo que a Bachelet. Habiendo despilfarrado un valioso veintidós por ciento de caudal electoral y ya resignada en las elecciones presidenciales, sus spots se limitan a colocar la mayor cantidad de senadores y diputados en el Congreso. No sería una mala estrategia, a no ser porque su principal referente resulta Patricia Bullrich, quien ya desde la propaganda nos escruta con una sonrisa excesivamente impostada adosada a su rostro, casi como pergeñando su próxima borocotización. Se comenta incluso que si se observa detenidamente, puede notarse la remera amarilla del Pro advirtiéndonos debajo de su tallieur adquirido en el shopping homónimo.
Alfonsín, mientras tanto, sustenta su campaña en las ideas de Agulla (quedará alguien del "grupo sushi" o era pescado podrido?), quien no conforme con haber encallado con la Alianza, intenta hundirse del todo con ese enfermo terminal que es el radicalismo. Con la Cobosmanía extinguida y habiéndose bajado Sanz el insulso de su candidatura (se comenta que ni su madre lo reconoce en fotografías), la figura de "Ricardito" emerge como la única posible de evitar otro papelón radical. Es por ello que gracias al efecto dèja vu, todas las imágenes remiten a su padre, como si por generación transitiva, junto con su bigote vinieran adosadas las cualidades democráticas de Alfonsin Senior. Hasta ahí no habría inconvenientes, pero ¿hacía falta comparar a Ricardito con Kennedy, Ghandi y Martin Luther King? ¿No será demasiado? Más aún si tenemos en cuenta que en su afán electoral, se unió (pro) con el único candidato que ganó una elección gracias a su imitador: "Alica alicate" De Narvaez, quien en los afiches se subió el cuello de su camisa para tapar ese tatuaje de pendeviejo que horrorizaba a las señoras bian paquetas pacatas de Barrio Norte (Yrigogen debe estar golpeando su cajón en este momento, y no precisamente el de Herminio).
Kri$htina, por su parte, sale al ring con el aplomo del noqueador, sabiendo que con el piloto automático no debería tener mayores sobresaltos. Su campaña se encuentra sustentada en lo emocional, recurriendo a lo más lacrimógeno del neorrealismo italiano, exprimiendo al extremo el logrado "tono Evita" que le imprime a sus discursos, golpeando debajo del cinturón. Curiosamente, aplica en sus spots la misma lógica que denostaba en la oposición, haciendo del caso particular uina generalización. Así es como una investigadora del Conicet nos cuenta por qué volvió al país y Braian Toledo, el crack de la jabalina, nos cuenta su encuentro cercano del tercer tipo con CFK (no deberían replantearse el hecho de utilizar menores de edad en sus campañas?). Pero si el tono épico de los spots anteriores no resulta suficiente, tenemos el as guardado en la manga: una fábrica que estuvo a punto de cerrar durante el menemato, hoy transformada en una empresa marca nacional; cuando uno ve el gesto adusto de los empleados, las instalaciones y escucha a quien suponemos es el gerente hablar de su compañía como si se tratara de una pionera de la nanotecnología, no podemos contener la carcajada cuando finalmente resulta ser una fabricante de termos, proveedora de la infusión cansina por excelencia. De todos modos, pese a los denodados esfuerzos del ex Ucedé Lovely Boudou por boicotear la campaña, insistiendo en hacernos creer que es un rockero re loco, tocando con su guitarrita tuneada canciones de soft rock barrial de La Mancha de Rolando (verdadero milagro argentino), Cristina no debería tener mayores inconvenientes en las elecciones de octubre, más por defectos ajenos que por virtudes propias.
Es por todo lo anteriormente mencionado que desde este humilde lugar, les rogamos a los publicistas que continúen intentando vendernos fideos, al menos sabemos que sólo nos pueden ocurrir cuatro cosas:
1) Que se nos peguen
2) Que sean transgénicos
3) Que estén vencidos
4) Las tres anteriores
Si la canasta básica del argentino promedio se basara en las tandas publicitarias, uno llegaría a la extraña conclusión de que para vivir decentemente, alcanza con ir bien de cuerpo, tener las medias blancas, poder hacerse un nudo con el cabello y tener los dientes más blancos que la espalda de un albino en pleno junio. Afortunadamente, cada cuatro años, con el efecto letal de las repeticiones de los mundiales, llega ese momento en que uno deposita inocentemente su sufragio en la urna, cremando al menos por unos instantes su descreimiento en la futilidad de ese noble acto. Pero para llegar hasta ahí, una maquinaria gigantesca de publicistas, asesores, encuestadores, maquilladoras, vestuaristas y dealers debieron realizar numerosos brainstormings para convencernos de que ese candidato que vimos en pantalla, es verdaderamente EL elegido, y no Echarri jugando a ser abogado.
Así es como nos encontramos con "El Alberto", que con su tono campechano de extraterrestre del planeta Xilium (¿remember?) nos promete viviendas para todos (esperemos sean mejores que las de American Psycho Schoklender), y lo que es mejor aún, wi fi libre en todo el país! Eso es progreso. Nada de redistribución de la riqueza, inclusión social, inversión en educación ni ninguna de esas paparruchadas de comunistas trasnochados: todo argentino tiene derecho a navegar gratarola con su Blackberry. Y que los cibers la sigan mamando. Pero cuando uno está a punto de saltar de su sillón, enfervorizado, un corito espantoso al grito de "Rodrííííííguez Saaaaaaa" lo devuelve a la realidad.
Su ex contendiente en esa paparruchada que fueron las internas del "peronismo federal", el inoxidable Edu Duhalde, nos promete que "el sabe" cómo terminar con el narcotráfico (ja), la inseguridad (jaja) y la corrupción (jajaja periódico). Ahora, cómo lo va a hacer resulta un misterio insondable, casi tan grande como por qué el Chino Garcé jugó un Mundial. De todos modos, si consideramos que se trata del hombre que operó para voltear a De la Ruina y luego emerger como el Mesías, démosle algún crédito a su sapiencia. La gran pregunta es, si no tuvo coherencia para cumplir su palabra, al anunciar su retiro definitvo de la política, por qué deberíamos creerle sus promesas?
El caso Carrió resulta cuanto menos curioso. Se trata de una persona incuestionablemente preparada, inteligente y honesta, impulsora de proyectos de leyes notables en el Congreso; incluso, logró superar su período místico y abandonar esos crucifijos que Prince envidiaría. Con estos antecedentes, uno supondría que se trata de un adversario de peso, con el pinet necesario para pelear cualquier elección; lamentablemente, como consecuencia de su constante tendencia petardista, sumado a un ego que le impide aliarse con cualquier otro político que intente opacarla, devino en un personaje más cercano a Guillermo Nimo que a Bachelet. Habiendo despilfarrado un valioso veintidós por ciento de caudal electoral y ya resignada en las elecciones presidenciales, sus spots se limitan a colocar la mayor cantidad de senadores y diputados en el Congreso. No sería una mala estrategia, a no ser porque su principal referente resulta Patricia Bullrich, quien ya desde la propaganda nos escruta con una sonrisa excesivamente impostada adosada a su rostro, casi como pergeñando su próxima borocotización. Se comenta incluso que si se observa detenidamente, puede notarse la remera amarilla del Pro advirtiéndonos debajo de su tallieur adquirido en el shopping homónimo.
Alfonsín, mientras tanto, sustenta su campaña en las ideas de Agulla (quedará alguien del "grupo sushi" o era pescado podrido?), quien no conforme con haber encallado con la Alianza, intenta hundirse del todo con ese enfermo terminal que es el radicalismo. Con la Cobosmanía extinguida y habiéndose bajado Sanz el insulso de su candidatura (se comenta que ni su madre lo reconoce en fotografías), la figura de "Ricardito" emerge como la única posible de evitar otro papelón radical. Es por ello que gracias al efecto dèja vu, todas las imágenes remiten a su padre, como si por generación transitiva, junto con su bigote vinieran adosadas las cualidades democráticas de Alfonsin Senior. Hasta ahí no habría inconvenientes, pero ¿hacía falta comparar a Ricardito con Kennedy, Ghandi y Martin Luther King? ¿No será demasiado? Más aún si tenemos en cuenta que en su afán electoral, se unió (pro) con el único candidato que ganó una elección gracias a su imitador: "Alica alicate" De Narvaez, quien en los afiches se subió el cuello de su camisa para tapar ese tatuaje de pendeviejo que horrorizaba a las señoras bian paquetas pacatas de Barrio Norte (Yrigogen debe estar golpeando su cajón en este momento, y no precisamente el de Herminio).
Kri$htina, por su parte, sale al ring con el aplomo del noqueador, sabiendo que con el piloto automático no debería tener mayores sobresaltos. Su campaña se encuentra sustentada en lo emocional, recurriendo a lo más lacrimógeno del neorrealismo italiano, exprimiendo al extremo el logrado "tono Evita" que le imprime a sus discursos, golpeando debajo del cinturón. Curiosamente, aplica en sus spots la misma lógica que denostaba en la oposición, haciendo del caso particular uina generalización. Así es como una investigadora del Conicet nos cuenta por qué volvió al país y Braian Toledo, el crack de la jabalina, nos cuenta su encuentro cercano del tercer tipo con CFK (no deberían replantearse el hecho de utilizar menores de edad en sus campañas?). Pero si el tono épico de los spots anteriores no resulta suficiente, tenemos el as guardado en la manga: una fábrica que estuvo a punto de cerrar durante el menemato, hoy transformada en una empresa marca nacional; cuando uno ve el gesto adusto de los empleados, las instalaciones y escucha a quien suponemos es el gerente hablar de su compañía como si se tratara de una pionera de la nanotecnología, no podemos contener la carcajada cuando finalmente resulta ser una fabricante de termos, proveedora de la infusión cansina por excelencia. De todos modos, pese a los denodados esfuerzos del ex Ucedé Lovely Boudou por boicotear la campaña, insistiendo en hacernos creer que es un rockero re loco, tocando con su guitarrita tuneada canciones de soft rock barrial de La Mancha de Rolando (verdadero milagro argentino), Cristina no debería tener mayores inconvenientes en las elecciones de octubre, más por defectos ajenos que por virtudes propias.
Es por todo lo anteriormente mencionado que desde este humilde lugar, les rogamos a los publicistas que continúen intentando vendernos fideos, al menos sabemos que sólo nos pueden ocurrir cuatro cosas:
1) Que se nos peguen
2) Que sean transgénicos
3) Que estén vencidos
4) Las tres anteriores
