
En general, cuando el celular de Hernán sonaba, era para alguna pelotudez. Nunca nada importante, nada significativo. Pero la llamada que interrumpió su lectura, mientras se aplastaba contra el asiento y la ventanilla del colectivo para que la panza de un tipo no le tocara la cara, lo angustió. Lo arrancó del presente por unos pocos segundos, y lo hizo recorrer sus días de alumno del secundario, que habían quedado atrás, sepultados por una avalancha de dos décadas y monedas.
-No te lo puedo creer, Narigón, no te lo puedo creer. Pero, ¿estaba enfermo?
-No, boludo. Bah, ¿qué sé yo? Dijo eso la hermana. Venía caminando por la calle y a la mierda. Se cayó muerto, ahí, por donde vivía él.
-Pero, la puta que lo parió… -Hernán se quedó en silencio, pensando en el Anaconda. Habían sido muy amigos en sus años de colegio, e incluso durante los primeros después del egreso. Pero el tiempo y la entropía son meticulosos, y trabajan en equipo para separar los caminos de la gente. -Deben haber pasado más de diez años desde la última vez que lo vi, Narigón.
-Sí, la verdad que yo no sabía nada de su vida. Parece que la hermana encontró la agenda del Anaconda, y llamó a la casa de mi vieja, ¿viste? Ella me avisó al celular. Dice que estaba destrozada la pobre mina.
-Uh, boludo, ¿cómo se llamaba la hermana? –Hernán también la recordó a ella.
-Romina –contestó seco el Narigón Ramírez.
-Romina –volvió a pensar en ella-. Romina… qué pedazo de mina, por favor. Me acuerdo como si fuera ayer cuando le tocaste el culo y te rompió la trompa de un bife.
-Qué papelón, mamita –el Narigón todavía se avergonzaba al recordar aquel día. Se avergonzaba, pero estaba seguro de que había valido la pena por el etéreo y fugaz contacto con su cuerpo.
-Un caramelo –dijo Hernán, recordándola entera.
-Un caramelo –corroboró.
-Si sigue teniendo esas tetas…
-¡Pará un poco, boludo! –el Narigón se acordó del motivo de la llamada y lo bajó a tierra-. Se murió Guillermo, Hernán. Se nos fue el Anaconda –se quebró un poco.
-Puta madre, che. El Anaconda. Qué tipo leal, macanudo.
-Un tipazo. De los que no hay.
-Terrible, terrible. Bueno, ¿cómo hacemos con el velorio?
-Es a las cuatro en Casa Pierona. Caemos a las cinco, si te parece.
-Dale, dale. Tipo cinco estoy en la puerta. ¿Le aviso a alguno de los chicos?
-No, dejá. Ahora llamo yo y que hagan cadena. Puta madre, se murió el Anaconda, Hernán.
-Puta madre –y cortó.
El abrazo que el Narigón Ramírez le dio en la puerta de la sala velatoria fue de sincera compunción. No se veía mucha gente entrando y saliendo. Desde la esquina llegaba caminando el Cojo Zaballo. Tardó un rato en llegar, porque una de sus piernas era más corta que la otra. Los restantes ex compañeros estaban ocupados con sus vidas. Con sus familias, con sus trabajos, con sus rutinas. No podrían acudir a esa última visita a Guillermo.
-¡Qué mierda! –les dijo el Cojo-. ¡Qué mierda la vida! Hay que disfrutar, muchachos, que después uno va caminando por la calle y caga fuego sin darse cuenta.
-Tranquilo, Cojito, tranquilo –lo consoló el Narigón Ramírez-. No sirve de nada amargarse.
-Pero, ¿ustedes se acuerdan, muchachos? –el Cojo Zaballo estaba indignado-. ¿Se acuerdan o no se acuerdan de lo que era el Anaconda cuando salíamos de pendejos? No chupaba, no fumaba. ¡Creo que ni cogía!
-Iba a misa todos los domingos –agregó Hernán, asintiendo.
-Iba a misa todos los domingos –asintió el Cojo-. ¡Todos los putos domingos, iba a misa! Le sacaba la grasita al asado. Decíme vos, ¿para qué? ¿De qué le sirvió? De nada, muchachos, de nada.
-Es verdad, se cuidaba mucho. Por lo del deporte y eso.
-Yo hacía como diez años que no tenía noticias de él –les hizo saber el Cojo.
-Sí, nosotros estamos en la misma, Cojito. Igual que vos, estamos –le dijo el Narigón.
-Qué buen pibe, el Anaconda.
-Un tipo divino.
-Siempre lo quise mucho, yo. Siempre.
-Tan leal. Tan compañero.
-Un tipazo. La verdad que un tipazo.
-Che, ¿y el resto? –quiso saber el Cojo.
-Nadie pudo venir.
-¡Qué mal, loco! ¿Cómo puede ser?
-Están cambiados los muchachos. Eso es lo que pasa. Pasó el tiempo.
-Mirálo a Marianito. ¿Te acordás que se quería ir a vivir a Cuba ni bien terminara el colegio? –Hernán quiso dar un ejemplo-. Y ahí lo tenés. Tiene una franquicia de McDonald´s en pleno centro de Capital. La gente cambia, Cojito. La gente cambia.
-Marisa Larralde, la ecologista –el Narigón también tenía un caso ilustrativo-. La de las campañas para limpiar las plazas, las rifas para juntar guita para salvar a las ballenas y la mar en coche. Me la crucé el otro día en el consultorio del dentista. Tenía un tapado de piel que parecía la vieja de los ciento un dálmatas. ¿Cómo se llamaba? La canosa.
-Glenn Close –dijo el Cojo Zaballo.
-El personaje, no la actriz, pelotudo.
-Cruella de Vil –Hernán miraba películas infantiles todas las noches, antes de irse a dormir.
-¡Esa! –festejó el Narigón-. Cruella de Vil. Glenn Close me dice el pelotudo…
-Dale, entremos –Hernán los apuró, abriéndoles la puerta del lugar. El olor a desinfectante y flores tristes arremetió contra ellos en el acto.
-¿Cómo se llamaba la hermana del Anaconda? –el Cojo también la recordaba con cariño.
-Romina –contestaron los dos a la vez.
-Romina, Romina –parecía estar leyendo una poesía-.Qué pedazo de mina esa Romina, por favor. Tantas le he dedicado… Tantas. ¿Te acordás que te dejó de hablar porque le tocaste el culo, Nariz?
-Un poco de respeto, por favor –el Narigón, serio, volvía a llevar las riendas de la situación-. Que tendrá dos buenas tetas, pero es la hermana del difunto, che.
Entraron, en silencio. La muerte hace callar a los vivos que la rodean.
-¿Romina? –preguntó el Cojo a la mujer que lloraba cerca de la entrada de la sala. Seguía estando increíblemente buena. Las tetas de siempre, la cinturita de una piba, y ese culo que al pasar hacía entrar en órbita a las miradas distraídas, como los planetas atrapan a sus lunas. Ese culo que hubiese podido ser musa única de los más dotados pintores y músicos. Ese culo faraónico, divino, celestial. Ese ojete que rajaba las baldosas.
-Hola, chicos –dijo, entre sollozos-. Tantos años. Qué bueno que pudieron…
No logró terminar de hablar, y se quebró ante los tres amigos. El Narigón Ramírez no lo dudó un segundo y la abrazó fuerte para contenerla. Ella temblaba y lloraba con desesperación.
-Tranquila Rominita, tranquila –le acariciaba la espalda y le besaba la cabeza-. Lo importante ahora es que estemos bien unidos. Bien unidos. Así lo hubiese querido tu hermano.
Se quedaron un rato parados cerca de la puerta. A unos metros se veía el costado del cajón abierto, donde los restos de Guillermo, el Anaconda, reposaban sin saberlo. Romina pidió disculpas, y se alejó a contener a otros familiares. Había poca gente en el lugar. No eran más de doce o quince personas, desparramadas. Los tres amigos aceptaron las tazas de café que un empleado les alcanzó. Lo bebieron lentamente, estirando en vano el momento decisivo; el momento de acercarse al envase vacío del Anaconda para el último adiós.
El primero, el más valiente, como no podía ser de otra manera, fue el Narigón Ramírez. Caminó decidido, o al menos aparentando decisión. Se paró en seco al llegar al cajón abierto y contemplar su contenido.
-No puede ser –dijo. Y se desmayó.
Romina y un primo hermano del difunto intentaban reanimar al narigón que seguía tirado en el piso, mientras Hernán y el Cojo Zaballo contemplaban lo que quedaba de su amigo de la infancia, de su compañero de aventuras juveniles. Guillermo. El Anaconda.
-Tiene tetas –fue lo poco que atinó a decir Hernán, y no pudo hablar más.
-No es –el Cojo negaba lo obvio, lo evidente-. No puede ser. No es el Anaconda. Me lo cambiaron al Anaconda.
El Narigón tardó, pero logró incorporarse. Se sujetó de los hombros de los otros dos y miró el cajón, concentrado.
-Es él –dijo, mirando los restos del travesti-. Es el Anaconda, mirálo bien. Tiene la misma cara.
-Pero tiene tetas –volvió a decir Hernán, y perdió el habla nuevamente.
-Y pelo largo –agregó el Cojo, sin parar de negar con la cabeza-. No puede ser. Está rubia.
-Rubio –dijo Hernán.
-Rubia. Es un traba, Hernán –la mente del Narigón terminó de convencerse-. Aceptálo.
-Es un traba –dijo el Cojo-. El Anaconda era traba. No lo puedo creer.
-Pero mirá la cara de macho que tiene el hijo de puta –Hernán estaba esperando que todo fuese una joda.
-Pensé que sabían… -Romina estaba anonadada-. ¿Cuánto tiempo hace que no se ven?
-Como diez años, Romi –el Narigón se sobrepuso al impacto de ver a su amigo con tetas y pelo largo y se concentró en su hermana-. Diez años o más. Es la vida, que separa a los que se quieren. Es cruel-. La abrazó otra vez, suspirando y acariciándole la espalda.
-Tiene tetas –Hernán volvía a su trance-. Está maquillado.
-Se llamaba Julieta –lloró su hermana.
-No, se llamaba Guillermo –el Cojo parecía enojado.
-Ya nadie le decía así –Romina le tuvo paciencia, era un momento difícil-. Se llamaba Julieta.
-¡Pero jugaba de dos! –el Cojo temblaba, aferrado al borde del cajón. No podía creer lo que veía-. ¡Jugaba de dos!
-Perdonen, chicos. La verdad que pensé que se seguían viendo. Pensé que sabían todo.
-Tranquila Rominita, tranquila –el Narigón la contenía con notable convicción-. Decíme una cosa, ¿los pechos son de verdad, o se las armaron acá para velarlo… velarla?
-No, no. Se operó hace como siete años, ya –Romina sonrío con añoranza-. Estaba tan feliz…
-Me imagino –el Narigón quería caer bien parado. No podía dejarla pasar-. Hay que admitir que es un lindo travesti. ¿No, muchachos? ¿No le queda lindo el vestido? Porque hay trabas y trabas, eh.
-El Anaconda tiene tetas –Hernán negaba con la cabeza sin dejar de mirar el cadáver de su amigo-. No lo puedo creer, tiene tetas.
-Gracias –le dijo Romina al Narigón-. La verdad que hasta ayer estaba radiante. Ahora la ves pálida, pero… -rompió a llorar, otra vez.
-Tranquila Romi, tranquila –la abrazó de nuevo-. Me imagino. Me imagino lo linda que estaba Guillermo.
-Estaba hermosa. Tan llena de vida –la voz le salía entrecortada por el llanto y la respiración agitada.
-Te digo más. Es uno de los travestis más lindos que vi en mi vida –el Narigón tenía una forma de decir las cosas que lo hacían prácticamente inimputable-. Siempre tuvo esa carita de angelito, Guillermo, ¿viste? Me acuerdo ahora de mi vieja, pobre, que lo miraba de chiquito y me decía que de haber nacido nena hubiese sido una muñequita.
-¿De verdad? –preguntó Romina-. ¿Eso te decía tu mamá?
-Te lo juro –mintió el Narigón, convenciéndose de que se trataba de una mentira blanca y de un propósito válido-. Siempre lo decía. Ahora deben estar las dos, mamá y Guillermo…
-Julieta –corrigió Romina.
-…mamá y Julieta. Tomando el té…
-Odiaba el té.
-…tomando unos mate, en una nubecita. Mirando para abajo y cuidándonos. Mi vieja debe estar contenta, porque tu hermano ahora sí es una muñeca. Mi vieja tenía razón.
-Gracias, Marcelo, de verdad –le dijo mirándolo a los ojos.
-De nada Rominita. Y ya podés decirme Narigón. Después de tantos años de relación creo que tenemos la confianza suficiente. O podés decirme Nari.
-Gracias, Nari.
-De nada, Rominita. ¿Para qué estamos los seres queridos? Para acompañarnos mutuamente.
-El Anaconda tiene tetas, boludo –le dijo Hernán al Cojo Zaballo-. Tiene tetas.
-El Anaconda tiene tetas –corroboró el Cojo, mientras seguía negando incrédulo con al cabeza.
-Y decíme una cosa, Romi –el Narigón Ramírez juntó coraje y preguntó lo que todos querían saber-. El… coso, digamos. Ya sabés.
-No te entiendo, Marcelo.
-Vos sabés. La… ¿Todavía tiene?
-¿Qué cosa? –Romina tardaba en entender porque había tomado una pastilla para calmarse antes del velorio.
-Pito, Romina –no encontró mejor forma de llamarlo-. ¿Tiene pito o se lo sacaron?
-Nunca se hizo el cambio de sexo. No se animaba y era mucha guita, además.
-Me imagino, me imagino.
-No lo puedo creer –Hernán no sabía que le esperaban tres largos años de psicoterapia por culpa de aquella necrológica imagen-. Tiene tetas. El Anaconda tiene tetas, boludo.
-Que en paz descanse –logró decir el Cojo. Luego miró a Romina a los ojos, y le tomó los hombros-. Te acompaño en el sentimiento –y se fue a esperar afuera rengueando.
-Lo quería mucho a tu hermano –le dijo Hernán, cuando logró dejar de pensar, al menos por un par de minutos, en las tetas de Guillermo-. Me dejó un montón de buenos recuerdos antes de pasar a mejor vida –y se fue a esperar afuera sin renguear.
-Te vamos a extrañar, Guillermito –el Narigón le tocó la mano, pero la soltó rápido al notar las uñas largas pintadas de rojo. Lo impresionaron, pero trató de disimular. Volvió a observar a Romina. Hizo fuerza para mirarla a los ojos-. Romi, no estés sola en este momento de dolor. Sabés que contás conmigo.
-Gracias, Marcelo.
-Decíme Nari, decíme Nari.
-Bueno. Gracias, Nari.
-De nada, Romi.
-Te están esperando tus amigos afuera. La verdad, son unos irrespetuosos –Romina ya no lloraba. Parecía enojada.
-Entendélos, Romi. No es fácil. Tu hermano siempre fue uno de nosotros, uno más. Tu hermano se ha quedado a dormir en nuestras casas. Ha salido de joda con el grupo. Ha compartido vestuarios –suspiró, incrédulo al recordar tantas cosas sobre Guillermo-. Romina, tu hermano jugaba de dos. ¡Jugaba de dos, y ahora se llama Julieta!
-De todas maneras. Son unos irrespetuosos –lloriqueó un poco.
-Es chocante para ellos verlo así, después de tanto tiempo. Entendélos.
-Vos sos distinto. Vos maduraste, Marcelo.
-No te creas, Romi. A veces me siento un pibe…
-Gracias, Marcelo. Gracias por haber venido.
-De nada, Romi. Para eso estamos los seres queridos. Te dejo tranquila ahora, con la familia.
-Dale. Tengo que ir a acompañar un poco al resto.
-Andá, andá tranquila –al Narigón se le escapaba el tren. Tenía que actuar-. Si querés podemos ir a tomar algo, un día de estos.
-Mirá, no sé –Romina no se esperaba la propuesta. Menos al lado del cadáver de su hermano travesti-. No me parece momento para decirte ahora…
-Pensálo, pensálo tranquila. Sabés que estoy acá, dispuesto a acompañarte en estos días dolorosos que te toca atravesar.
Ella lo saludó con un beso en el cachete y se dio vuelta para irse. El tiempo se detuvo. No fue una sensación del Narigón, realmente todo pasaba lento ante sus ojos. El culo de Romina parecía dilatar el tiempo y el espacio a su alrededor. Dio el primer paso muy, muy lentamente. El Narigón Ramírez se retorcía para mantenerse bajo control. Era muy difícil. El culo de Romina parecía ir contra las leyes del universo y se había puesto mejor con el paso de los años. Trató de concentrarse en el cadáver de su amigo. Se le hacía cada vez más difícil. Pensaba en cosas desagradables para controlarse. ‘Guillermo tiene tetas y está muerto, Guillermo tiene tetas y está muerto’. Nada. No podía dejar de mirarle el culo a Romina. Ella dio otro paso, lento, el tiempo seguía dilatándose alrededor de su cintura. La mano derecha del Narigón comenzó a moverse, independiente. No le hacía caso a su mente. ‘El Anaconda es trabuco, el Anaconda es trabuco’, seguía pensando en cosas desagradables. Era en vano. La mano se acercaba. Estaba cerca. Romina se escapaba. ‘Guillermo tiene pija, tetas y peluca rubia’, ya casi no podía pensar en cosas desagradables. ‘Guillermo tiene…’, falló. La mano estaba al lado del monumental ojete de la hermana de su amigo muerto. La historia, cíclica, se asomaba al borde del abismo de la repetición. Se aseguró de disfrutarlo, sin medir consecuencias, y le tocó el culo como si fuera el día del juicio final. Se lo agarró con ganas, con la vehemencia que acarrean las cuentas pendientes, mientras le pedía perdón en voz alta.
-¿Pero vos estás loco? –Hernán lo miraba incrédulo.
-Valió la pena, Hernán. Te juro que valió la pena –el Narigón sonreía como un niño. Se le estaba hinchando un ojo por la piña que Romina le había pegado casi en el mismo instante en que su mano atacaba.
-Pero era el velorio del hermano, Narigón –Hernán seguía anonadado-. ¿Estás loco?
-¿Vos viste cómo movía el culo? Hasta me apoyaba las tetas cuando me abrazaba. Lo hacen a propósito las minas eso, Hernán. Todo a propósito.
-Vos la abrazabas a ella –lo corrigió el Cojo.
-Es lo mismo, Cojito –el Narigón tenía los ojos llorosos, pero enamorados-. Romina. Qué minón, por favor.
-El Anaconda tiene tetas –Hernán estaba mejor. El aire fresco en la cara lo había hecho aceptar la idea.
-No lo puedo creer –el Cojo seguía indignado-. Guillermo se nos hizo traba.
-Qué desperdicio, ¿no? Semejante trozo que tenía colgando.
-Al pedo –agregó Hernán-. Al recontra pedo.
-Dios le da dientes al que no tiene pan –dijo el Cojo, mientras trataba de prender un pucho.
-Al revés, pelotudo –le dijo el Narigón.
Miró el cigarrillo. Estaba al derecho.
-Al revés la frase, no el cigarrillo –le dijo Hernán.
-¿Qué frase? –preguntó el Cojo.
-Dejálo, es un pelotudo –el Narigón se resignó-. ¿Vamos a tomar un cafecito?
-El Anaconda… -suspiró el Cojo y arrancó a caminar, porque iba más despacio que el resto.
-El Anaconda… -suspiró el Narigón y lo siguió, pensativo.
-El Anaconda… -suspiró Hernán y se unió a la retirada-. Igual, bien, lo que se dice bien, nunca me cayó. Siempre fue medio raro. ¿No?
-Sí, la verdad que yo me le acerqué por la hermana.
-Tenés razón. Siempre me pareció pedante y aburrido, pero nunca dije nada. Un tipo raro el Anaconda ese.
2 comentarios:
Ahora Almodovar escribe cuentos trash? Chapeau!
No es de Almodóvar... le faltan enfermeros violando niñas en coma, y cosas así. Es otro nivel de bizarreada, jaja.
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