jueves, 7 de febrero de 2013

El abogado


“Viaja un avión lleno de políticos, jueces y abogados. De repente se va a pique y explota. ¿Qué pasa? Se salva el mundo”.

Quizás el chiste resulte exagerado, pero no es menos cierto que en cuanto uno llega a un asado y dice que es abogado, automáticamente percibe cómo las achuras dificultosamente atraviesan raspando las tráqueas de los comensales, mientras las mujeres se tocan al unísono el pecho izquierdo.
Resulta difícil asegurar que hayan sido sólo los abogados los causantes del mal en el planeta, pero sí es cierto que han generado en el mismo un daño sólo comparable con el hair metal, los pantalones nevados, el huevo playero de Bernardo Neustadt, los trolls o Mariano Iúdica. Es una raza especial, y como tal cuenta con sus propias paricularidades. En Argentina es mucho más probable toparse  con un purrete al que le guste el coliflor que con alguien que no sea un letrado. Causa probable de ello quizás sea que cualquier persona podría recibirse de abogado. Sólo es necesario:

a) paciencia.
b) constancia.
c) acomodo.
d) copiarse eficazmente.
e) tener buen escote y/o culo.
f) hacer buenos petes.
g) en casos extremos, a, b, c, d, e y f juntos.

Algún lego (persona, no muñequito) podría pensar que su ámbito natural son los Tribunales. Pero no. Su hábitat es el café, donde se reúne con otros miembros de su manada (o bandada, según) a hablar a los gritos y realizar extensas diátribas sobre complejísimas causas que sólo Stephen Hawking y él podrían haber resuelto, mientras el resto escucha asintiendo con la cabeza cual perrito lunetero, mientras piensan si el tostado será doble o triple o simplemente mirándole el tortero a la camarera. Es que el verdadero abogado sólo va a Tribunales a las audiencias. El resto del año, quien va es el pinche, siervo de la gleba que, cual escritor fantasma, a cambio de alguna oportuna palmadita canina realiza el trabajo sucio para que su jefe pueda sentarse frente a los clientes y pronunciar uno de sus hits mitómanos más recurrentes: “estuve revisando el expediente y...”.
De todos modos, cabe señalar que es en los pasillos del palacio de justicia donde encontramos las divisiones inferiores del mal, esto es: los pasantes y jóvenes abogados. Gracias a ellos, podemos escuchar en las filas grandes conversaciones en las cuales competirán entre ellos como machos alfa, jactándose del tendal de nenas que dejan a su paso, quienes ver flaquear sus bombachas con sólo oler su tarjeta personal. Igualmente, ése es uno de los pocos momentos sinceros de su vida, poniendo de manifiesto cuál es la finalidad última de la profesión. Algún desvelado podría arriesgar cosas tales como el orden y la justicia social, la reparación del daño o el consuelo de la víctima. Ninguna de esas paparruchadas: la única finalidad es enterrar el fitito rosa cuantas veces sea posible y se acabó. Únicamente resultan superados en el ranking de ensopado de bizcocho por los galenos, quienes matizan sus guardias transformados en verdaderos expertos en pinchazos, en el sentido más porceliano de la frase. Esto último deviene de la naturaleza cuantitativa del abogado puro, quien para ser el mejor, no debe hacer las demandas más completas, sino las más extensas; citar la mayor cantidad de jurisprudencia, no la más pertinente; llevar los expedientes más grandes, aunque sean inconducentes.
Para no ser tildados de sexistas, podemos referir que las mujeres abogadas reducen sus charlas a temas trascendentales tales como carteras, gimnasio y boliches, cada uno de ellos con sus distintas vertientes igualmente exasperantes, que nos hacen preferir escuchar un disco de La Mosca hasta que nos sangren los oídos.
La omnipotencia atávica del abogado puro lo lleva a pretender saberlo todo, desde lo que debería dictaminar el perito calígrafo o contador hasta el ciclo de reproducción del armadillo australiano. Existe entre ellos una subespecie aún más enfermiza, que goza orgiásticamente recitando artículos del Código Civil de memoria, lo cual tiene el mismo mérito igualmente fútil que memorizar la guía telefónica. Lo que en realidad quieren ocultar, es su falta de bagaje cultural, quedando ello de manifiesto en la redacción de demandas escalofriantes que harían ver a Ari Paluch como una suerte de nuevo Flaubert. Un recurso siempre eficiente para ello resulta citar alguna máxima en latín, o peor aún, pronunciarla, con una dicción que convertiría a Tévez balbuceando monosílabos en inglés en el duque de Yorkshire.
Pero a no desesperar querido lector. En el diagrama de Venn del mundo jurídico existe una casta que a pesar de encontrarse en peligro de extinción, continúa aleteando contra la corriente: el abogado impuro. Son ellos los que valen la pena. Fácilmente diferenciable por conservar ciertos ideales alejados del mercantilimo y preferir ver una buena película en el cine antes que leer un voto en disidencia de un fallo contencioso administrativo de la Cámara de Las Toninas, elección completamente aberrante para un abogado puro. Ya eran impuros antes de ingresar en la facultad; y si lograron no salir despavoridos ante el concreto riesgo lobotomizante que implica soportar la soporífera sintáxis de un Manual de Obligaciones, saldrán fortalecidos de la experiencia.
A pesar de lo anterior, debe remarcarse que tarde o temprano, toda persona deberá consultar algún miembro de esta especie (difícilmente alguien se vea ante la imperiosa necesidad de requerir un diseñador gráfico). Es por ello, estimado lector, que siempre es bueno tener un amigo abogado. Queda Ud. debidamente notificado.-
http://www.eblog.com.ar/2546/grandes-fotos-del-periodismo-argentino/

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Es lo mejor que he leido de parte del binerista Di Massimo.
Atte.
Un abogado impuro.

Tincho dijo...

'Fitito rosa'... poético.

Ignacio dijo...

Jajaj, viejos y queridos bogas. Excelente Leo, me cagué de risa